El libro en el que, por fin, Harry...

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El libro en el que, por fin, Harry...

Mensaje por Ninotchka el Miér Jun 10, 2009 3:15 pm

Enga, éste para los que sólo conozcan la historia hasta el 5º. Es una auténtica CHORRADA al más puro estilo "Maripuri", pero hay ratos en los que tiene su gracia... al menos, eso espero :farao:

Y, con todos ustedes...
Harry Potter
Y EL LIBRO EN EL QUE, ¡POR FÍN!,
HARRY POTTER NO ES EL PROTAGONISTA


































V.P. PWENTING


LA CRÍTICA HA DICHO:



"Una novela paralela al Príncipe Mestizo. Aunque más que paralela es perpendicular.O tangencial, no sé. Inclasificable"

ARITMANCIA PATÓS



"No vale nada, no cuenta con quién se morrea Harry o cómo se declara Ron a Hermione"

THE NIU LLORK TIMOS (Y EXTASIS)



"Los fans españoles se llevarán una gran sorpresa. Y J.K.Rowling también"

CALUCA NEWS



"Una delicia. Deberían venderlo en Honeydukes"

SUPER TOP CHACHICHACHI



"Indiscutiblemente, la mejor novela de J.K.Rowling"

ESTAMOS A LA ÚLTIMA



"El nuevo Premio a la Sonrisa Más Encantadora es para Remus Lupin"

CORAZÓN DE MELÓN



"Sí, Lupin sale guapísimo en este libro.(Editorial: las mujeres no somos estúpidas)"

MAGIOPOLITAN



"Lo único que merece la pena es Lupin. (Editorial: ¿Quién es estúpida?)"

MAGAZZA



"Aunque hay secundarios que también tienen un vuelta y vuelta. (Editorial: Tú, estúpida)"

GUOMAN



"Podrían haber desarrollado más la escena de la fusta y el muggle rumano, la verdad..."

THE SARI AND PETER SADOMASOQUIST INQUISITOR



"Absurdo. Habiendo un mago como Harry Potter (oh alabado y nunca bien ponderado), ¿por qué un personaje femenino?. (Rita Skeeter no ha vuelto de desayunar, ¿verdad?)"

EL PROBETA



"Maravilloso. Increíble. Divino. Fantástico. Sensacional. (¿Puedes dejar de apuntarme con la varita, niña estúpida? Uy, perdón, preciosa niña, no, no cojas el teléfono, ¿por qué llamas al Departamento de Seguridad Mágica...?)"

LA QUISQUILLA



"Ese libro no existe. Nadie lo ha visto. Nadie lo ha leído. Nunca se escribió. ¿Qué es esto, otra tontería del disidente de Dumbledore?"

BOLETÍN OFICIAL DEL MINISTERIO DE MAGIA











- CAPÍTULO 1 -
Siéntate, bonito... Eso es, buen chico








La noche les sorprendió el pleno bosque. Quizá fuera porque no habían prestado atención, pero, para ellos, lo que debió haber tardado en pasar al menos una hora larga, había ocurrido en apenas unos segundos. Como en una de esas películas de efectos especiales en las que, de repente, el tiempo se pone a dar saltos como si fuera una rana loca con parkinson, el anochecer había tenido lugar a una velocidad absurda: en menos de lo que se tarda en decir "¡Ornitorrinco!" las sombras de los árboles habían pasado de ser prácticamente inexistentes a convertirse en alargadas y desproporcionadas réplicas oscuras y bidimensionales de los árboles que imitaban, y lo que era una agradable penumbra había alcanzado sin lugar a dudas la calificación de oscuridad francamente acojonante.

Eso les pasaba por no prestar atención.

Si hubieran prestado atención, por ejemplo, habrían sabido en el exámen de Selectividad que el objeto directo no es lo mismo que el complemento circunstancial de lugar. Si hubieran prestado atención, sabrían que las integrales no son operaciones matemáticas con fibra. Si hubieran prestado atención, sabrían que no es bueno perderse en un bosque de noche. Y menos en un país desconocido. Porque en tu propio país, por lo menos puedes insultar en tu idioma a los ignotos habitantes del bosque que ocasionalmente se te crucen por el camino con la única intención de acojonarte todavía más. Pero en otro país las alimañas nocturnas te avisan en jeringonza antes de comerte, y, mientras tratas de encontrarle sentido a la frase, tienen tiempo de comerte cuatro o cinco veces.

Y en ese momento su complemento circunstancial de lugar era un país muy, muy desconocido.


[sigue...]
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Re: El libro en el que, por fin, Harry...

Mensaje por Ninotchka el Miér Jun 10, 2009 3:18 pm

Spoiler:


Zoe hizo callar a Piotr por decimoquinta vez (que hubiera contado) y trató de distinguir algo entre los árboles. Aparte de un poco inquieta por su situación actual (un bosque de noche en un país desconocido no era ni remotamente lo suficientemente acojonante como para acojonarla, al menos no demasiado), estaba enfadada consigo misma.

Menudas vacaciones... Ella, que había decidido pasar por un año de la acostumbrada temporada estival, mitad playa abarrotada de gente de la ciudad, mitad pueblo de la abuela abarrotado de gente de la ciudad, y pensaba haber sido muy inteligente al colarse en el Interraíl para recorrer Europa ella solita, hala, ahí, a la aventura, se había encontrado con un tren abarrotado de gente, y una interminable sucesión de estaciones de tren abarrotadas de gente donde lo más interesante que podía hacer era intentar salir de la estación luchando contra la marea humana para estirar las piernas antes de que saliese el siguiente tren, tarea en la que había fracasado estrepitosamente.

Tras quince horribles días de tren, donde el olor a pies competía (y empataba a muchos goles) con el hedor a gente sin duchar, decidió abandonar el tren y ya se las arreglaría para volver a su España natal por sus propios medios cuando hubiera visto un poco de mundo. Y se había encontrado solita y abandonada en la estación de... Este... ¿Qué ponía allí? Ah, sí, Bucarest. Una estación que, cuando dejó de estar abarrotada de gente, unas veinte horas después, era lo más solitario y deprimente de este lado del Universo conocido. Aunque, por supuesto, tenía unos enormes y muy instructivos carteles por todas partes, que señalaban sin lugar a equivocaciones dónde podías encontrar cualquier cosa que pudieras necesitar, desde un cuarto de baño hasta un perrito caliente con cebolla caramelizada... Sólo tenían un pequeño inconveniente: estaban en rumano.

¿No se suponía que el rumano era un idioma muy similar al español? ¿No se suponía que los españoles entendían a la perfección el rumano? ¿No se suponía que cualquier español medianamente inteligente era incapaz de perderse en Rumania? Bien, pues ese debía ser su caso, porque ella se sentía básicamente incapaz.

Piotr había acudido en su ayuda. Era un rumano eslavo, alto, rubio, cachas, guaperas, todo lo que la imaginación desbocada de una veinteañera perdida en un país desconocido pueda imaginar... El único problema era que sólo hablaba rumano. Pero, dejando aparte aquella evidente carencia comunicativa, su relación prosperó a un ritmo increíble: dos días antes ni siquiera lo había visto en su vida, y ahora se encontraba con él en un bosque perdido en plena cumbre de... de... bueno, de una de las montañas esas de los Cárpatos, y en plena noche. Ni siquiera las montañas de ese país se comportaban como debían. ¿Qué hacía un bosque en la cima de una montaña? Por Dios, los bosques tienen que estar abajo, ABAJO, no en la puñetera cima...

Y eso que se lo había dicho muy clarito: el Danubio, quiero ver el Danubio, ya sabes, un río ancho, así, azul... Incluso había tarareado el vals de Strauss (claro que no muy bien, nunca había tenido lo que se dice un oído musical). Pero que si quieres arroz Catalina (y eso que ella no se llamaba Catalina): el tío se había empeñado en los Cárpatos. ¿Y en qué demonios de parecían los términos "Cárpatos" y "Danubio"? ¿Acaso los Cárpatos se llamaban "Danubio" en ese país de locos? ¿Ni siquiera podían comportarse con la suficiente normalidad como para llamar a sus propios accidentes geográficos como Dios manda?

A menos, claro, que Strauss hubiera llamado a su vals Los Cárpatos azules... Pero, lo mirase por donde lo mirase, aquellas montañas tenían todos los colores del espectro excepto el azul. Así que concluyó que había ido a caer en un país de daltónicos.

El tal Piotr era un guía turístico, y muy entusiasta, por cierto. En lugar de limitarse a llevarla por los museos y galerías de arte bucarestianos, o bucarestienses, se la había subido montaña arriba hasta ese encantador bosquecillo de la cima. Y, una vez allí, había demostrado que conocía todos y cada uno de los árboles, matorrales, matojos, hierbajos y piedros como si fueran parientes suyos. O eso suponía Zoe: la verdad es que no entendía ni papa de lo que decía el buen hombre. Pero le ponía tanto interés que no había tenido corazón para decirle que no tenía ni idea de a qué se refería cuando exclamaba animadamente: ¡Dfgdghj ipahct uevmpejvc!... Bueno, tampoco es que hubiera servido de mucho, porque al tipo ese parecía encantarle el sonido de su propia voz: no había quien lo callase. Estaba pensando muy seriamente en arriesgarse a una multa y echarle un encantamiento silenciador... Lo dejó, porque no conocía las leyes rumanas y en ese país de locos eran capaces de penar con la decapitación un simple delito contra el Estatuto Internacional de Secreto.

Sin embargo, cuando oyó un sonido como de garras arañando el suelo del bosque se pasó el Estatuto Internacional de Secreto por una parte de su anatomía y sacó instantáneamente la varita. Y era un delito contra el Estatuto, sin duda, porque Piotr era un muggle de la cabeza a los pies.

Y menudo muggle.

Vamos, que en cuando la punta de la varita de Zoe se iluminó, soltó un chillido que habría enorgullecido a la adolescente con miedo a los ratones más histérica y con mayor capacidad pulmonar y se encogió, haciéndose un ovillo en el suelo, entre un vetusto árbol de especie desconocida (algo así como sjfhwjkcthnsk) y un piedro de tamaño medio (cajecbkdik).

Zoe lo miró despectivamente y avanzó entre los árboles, internándose en la oscuridad. Una oscuridad tan oscura que casi le dio la impresión por un momento de que su varita también se había hecho un ovillo y había dejado la luz al lado de Piotr.

Es curioso la cantidad de sonidos, ruiditos y ruidazos que hay en un bosque. Zoe siempre había pensado que los bosques eran lugares silenciosos, pacíficos, relajantes y placenteros, pero en tan sólo cinco minutos de recorrido tuvo que admitir que había estado muy muy muy equivocada. El bosque estaba lleno de cri-cris, cracks, crecks (sabor barbacoa), scratchs, flusshhs y grrrroaaaaaaaarrrrs.

¿Grrrroaaaaaaaarrrr?

Estuvo a punto de soltar un chillido un par de octavas más agudo que el de Piotr.
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Re: El libro en el que, por fin, Harry...

Mensaje por Ninotchka el Miér Jun 10, 2009 3:18 pm

Spoiler:


Tragó saliva, se recordó a sí misma que era una bruja, qué demonios, y que tenía a mano su varita, aferró la idem con tanta fuerza que los nudillos se le pusieron blancos y continuó avanzando en dirección al espeluznante Grrrroaaaaaaaarrrr.

Unos minutos después entrevió entre los árboles una serie de lucecitas tilitantes que podían ser:

a) las luces de una verbena de Carnaval

b) las luces de un árbol de Navidad

c) las luces emitidas por las varitas mágicas cuando soltaban algún hechizo con acompañamiento lumínico

Como estaban en verano, Zoe pensó que, a menos que el Vaticano se hubiera vuelto loco y hubiera adelantado la Cuaresma (y, por tanto, el Carnaval) unos siete meses, o que los lugareños empezasen a instalar la decoración navideña incluso antes que El Corte Inglés, la respuesta correcta debía ser la c. Se reafirmó en su conclusión cuando se percató de que:

a) no había música de gaitas, tambores, dulzainas, guitarras, xilófonos ni demás instrumentos populares

b) no se oían cánticos, salvo que en ese país de daltónicos la letra de los cánticos populares fuera "Grrrroaaaaaaaarrrr" (y no veía cuál podía ser la relación entre la incapacidad de distinguir los colores y la incapacidad de pronunciar una letra tipo La Virgen del Pilar diceeeeee coherentemente)

c) no había ruido de bailes, sino más bien una serie de sonidos inconexos de golpes, arañazos y batacazos contra el suelo

En su enmarañada mente, repleta con tantas ideas y conclusiones y cavilaciones y teoremas, surgió de repente un pensamiento: si los únicos sonidos distinguibles de los naturales en los bosques de noche y en un país desconocido eran grrrroaaaaaaaarrrrs, golpes, arañazos y batacazos contra el suelo, y si las luces eran emitidas por varitas mágicas cuando soltaban algún hechizo con acompañamiento lumínico, entonces cabía imaginarse que allí delante había un grupo de magos en apuros.

Aferró la varita aún con más fuerza y corrió hacia las luces y los sonidos. Un instante después salió a un amplio claro. Y se quedó petrificada.

A primera vista, lo único que había en aquel claro (aparte de hierbajos y algún que otro escarabajo pelotero pululando) era un grupúsculo de magos de edades variadas (oscilantes entre los 20 y los 35 años) jugando a echarse chispitas de colorines con las varitas. A segunda vista, los magos tenían desgarrones en las túnicas, arañazos y heridas de diversa consideración esparcidas aleatoriamente por el cuerpo, y cara de susto. A tercera vista, las chispitas se las echaban a algo que se movía entre la penumbra del otro extremo del claro. A cuarta vista el viento era suave de componente nor-nordeste y la humedad relativa del 30%.

Zoe avanzó hasta la mitad del claro, esquivó alguna que otra chispita perdida y levantó la mirada para ver a qué bicho gruñente chispeaban los magos.

Y siguió levantando la mirada un buen rato.

Cuando su mirada se hubo elevado hasta por lo menos quince metros de altura, Zoe se masajeó el cuello para evitar la tortícolis y deseó estar perdida en cualquier otra parte del Globo que no fuera ese maldito bosque.

A quince metros de altura había un montón de dientes. El problema no eran los dientes en sí (que ya era bastante, porque medían cada uno más o menos 50 centímetros y eran pelín afilados), sino que estaban pegados a una boca enorme, que a su vez formaba parte de una cara poco menos que espantosa: dos orificios nasales como la boca del metro de Moncloa, dos ojos inmensos, enormes, muy grandes, vamos, de color rojo y con la pupila asín, o sea, como la de un gato o una serpiente, se dijese como se dijese (Zoe no era muy buena en lingüística), una cabeza escamosa del tamaño de un camión de recogida de basuras selectivas, un número indeterminado de cuernos repartidos al azar por el cráneo, y todo ello unido a un cuerpo como medio rascacielos (sin ventanas), dos patas del tamaño de columnas dóricas pero sin basa y con zarpas y una cola que ni la del INEM en hora punta.

O sea: un dragón.
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Re: El libro en el que, por fin, Harry...

Mensaje por Ninotchka el Miér Jun 10, 2009 3:19 pm

Spoiler:


Zoe pasó mentalmente las páginas de su libro Criaturas mágicas simpáticas y cómo no tropezarse con ellas y llegó al capítulo de los dragones. Vio en su mente los gráficos e ilustraciones a todo color y se detuvo en la que, más o menos, correspondía a aquel especímen. Vamos, se parecía poco porque el ilustrador debía estar en huelga o borracho cuando la hizo o bien tener más bien poco pulso, pero el dragón del dibujo tenía todos esos dientes, todos esos cuernos y la misma cola en forma de muelle gigante.

Un Cabezahueca rumano.

- ¡Lukaut!

- ¿Eink?

Una zarpa pasó rozando su cabeza, seguida de un montón de chispas que intentaban por todos los medios alejar semejante conglomerado de zarpas de ella. Zoe se agachó, recriminándose por haberse perdido en los libros cuando tenía un Cabezahueca rumano a menos de tres metros de distancia. Se echó al suelo y rodó, alejándose del animal y arañándose con las piedrecitas partes del cuerpo que pensaba que los humanos no poseían. Siguió rodando hasta que chocó contra unas piernas.

Una mano aferró el cuello de su jersey de lana de oveja merina y la levantó violentamente.

- ¡Lukaut, sili gerl! ¡Ou mai got, guat ar yu duin jir?!

- ¿Lo qué?

Levantó la mirada, recorriendo el brazo, hasta llegar a un hombro, y deteniéndose en el rostro iracundo y asustado del hombre que la había levantado. Un hombre joven, en mitad de la veintena, quizás. Poseía un rostro agradable, de piel curtida y con multitud de pecas esparcidas por toda su superficie, tantas que más parecía una peca con algún que otro milímetro más claro. El cabello, despeinado y lleno de hierbajos y tierra (él también debía haber rodado por el suelo en algún momento de la velada), era de color rojo intenso.

- ¿Ar yu creisi? ¿Or du yu guant tu dai jier?

Zoe lo miró, perpleja. Aquel idioma no era rumano. Pese a que era igual de incomprensible para ella, entre las nieblas que inundaban y humedecían su mente pudo distinguir un timbre familiar. Ella había oído aquel idioma en alguna ocasión.

- ¿Qué idioma hablas, tío?

- ¿Ecskiusmi?

- ¡Que qué idioma hablas!

- Ai cant anderstend yu, bat get aut of jier if yu guant tu lif tu si anoder dei.

- Qué demo... Oh, bueno, vale - suspiró Zoe. Levantó la varita, se apuntó a su propia cabeza y musitó: - Entiendo.

El hombre la miró con cara de extrañeza.

- ¿Crees que es momento de hablar de tus inclinaciones sexuales, con un dragón con ganas de arrancarnos la cabeza ahí al lado? ¡Además, no intentaba tirarte los tejos! ¡Hay que ver estas turistas lo que llegan a inventarse para mantener una aventura con un hombre!

Zoe lo miró, asombrada.

- No estaba hablando de mis...

- ¿Entonces por qué me has dicho que entiendes? ¿Y a mí qué me importa?

- No, hombre... era el hechizo...

- ¿Qué hechizo?

- Entiendo... Era el hechizo autotraductor...

El hombre la observó con los ojos muy abiertos y después se echó a reír a carcajada limpia.

- ¡Cuidado!

- ¡Grrrroaaaaaaaarrrr!

- ¡Desmaius!

- Kaikaikaikaikai....- PLOFTCH.

Tras un interminable segundo de vacilación, durante el cual el dragón había emitido un sonido como el que hacen los caniches cuando les pisas una pata (Kaikaikaikaikai), el inmenso animal cayó con un golpe sordo contra el suelo, e hizo pegar un brinco a todos los árboles, matorrales, piedros, magos y escarabajos peloteros de los alrededores. Zoe salió de debajo del cuerpo protector del hombre pecoso, se levantó del suelo y miró al dragón dormido mientras se sacudía briznas de hierba de la túnica.

- Menudo pedazo de bicho - murmuró.

- Animalico... - dijo el hombre pecoso con la voz impregnada de ternura, levantándose a su lado -. Lleva un par de horas dándonos una serenata... Menos mal que al final hemos conseguido tranquilizarlo.

- Si lo tranquilizas un poco más lo matas, tío - dijo Zoe. Desvió la mirada hacia el hombre, y se tranquilizó al ver la expresión sonriente y bonachona de su rostro.

- No te preocupes, esto lo hacemos todos los días - dijo, y extendió una mano hacia ella -. Charlie Weasley. Cuido dragones.

- Zoe Ortega. Cuido de no encontrarme con dragones.

Charlie sonrió aún más ampliamente.

- Pues hoy no has tenido mucha suerte...

- No, la verdad es que no.

Observó el dragón desmayado durante unos minutos.

- ¿Qué haces aquí, Zoe?

- Turismo. Me colé en el Interrail y me perdí en Bucarest. Y un muggle daltónico me trajo aquí, creyendo que esto era el Danubio.

- ¿Cómo...?

Zoe se echó a reir. - No me lo preguntes. La verdad es que era un muggle rumano...

- Si te descuidas, te encontrarás muchos por aquí.

- ...y no conseguí hacerme entender. Yo quería ver el Danubio y luego volver a España.

Charlie la miró como si no hubiera visto nunca algo tan raro como Zoe. Y, trabajando con dragones, eso era mucho decir.
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Re: El libro en el que, por fin, Harry...

Mensaje por Ninotchka el Miér Jun 10, 2009 3:21 pm

Spoiler:


- ¿Y por qué no usaste antes el hechizo autotraductor?

- Porque no quería infringir el Estatuto Internacional de Secreto.

Charlie soltó una carcajada.

- ¡Pero serás inocente! Rumania no firmó el Estatuto... Un problema con un par de tránsfugas en el Parlamágico Rumano, creo que la votación quedó al final en un empate técnico pero todavía no han convocado un referéndum para que la comunidad mágica vote a favor o en contra. Los del PTT, ya sabes, el Partido de los Taumaturgos Tiroideos, están haciendo campaña en contra...

- Vale, vale. No me hables de política que se me pone la cabeza como un bombo.

- De todas formas - continuó Charlie -, no deberías haberte colado en el Interraíl muggle para viajar por este continente. Ni en ningún otro medio de transporte muggle, ya que hablamos de ello. ¿Por qué no usaste la Red Flú?

Zoe lo miró con la boca abierta.

- ¿Red Flú? ¿Y eso qué es?

Charlie abrió la boca aún más que ella.

- ¿No sabes... no sabes...?

Zoe puso cara de fastidio.

- Mira, tío. Saber, saber, lo que se dice saber, sé alguna que otra cosilla. Vamos, que no soy una ignorante de la vida. Ahora, si me hablas de cosas de este país de locos desconocedores de las longitudes de onda, pues no, no tengo ni idea. Ni siquiera sabía que la capital era Bucarest, y pensaba que su idioma era igual que el mío...

- La Red Flú no es una cosa de este país de... bueno, de Rumania. Es algo que hay en todos los países.

- Bueno, pues en el mío no.

Charlie puso cara de desconcierto.

- Tú eres española, ¿no?

- Chico listo.

- Pero... pero... ¿En España no hay Red Flú?

- ¿No acabo de decírtelo? ¿Y qué es eso de la Red Flú? ¿Una página web de adictos a los insecticidas? ¿Sortean billetes gratis para el Interraíl?

Charlie se dejó caer al suelo, mirándola desconcertado. Zoe suspiró y se sentó a su lado.

- ¿Y bien? ¿Qué es eso de la Red Flú?

- Bueno... Es un medio de transporte mágico - dijo -. Para trasladarte instantáneamente a otro sitio, ya sabes...

- Pero para eso ya sé aparecerme, Charlie...

- Sí, bueno, pero hay mucha gente que no tiene carnet de aparición...

- ¿Carnet de aparición? ¿Desde cuándo hay que sacarse el carnet para aparecerse?

Charlie abrió los ojos hasta que parecieron dos huevos cocidos. No le favorecía nada la expresión, para ser sinceros.

- ¿En España no hay que sacarse el carnet en el Ministerio para...?

- ¿Ministerio? - exclamó Zoe -. ¿Cuál, el de Fomento? ¿La Dirección General de Tráfico hace exámenes para aparecerse? ¿Y si te saltas los límites de velocidad te quitan puntos en el carnet? - Zoe comenzó a reírse como una loca.

Charlie la miró con una vacilante sonrisa. - No me digas que en España no tenéis Ministerio de Magia...

Zoe se interrumpió a mitad de una carcajada, emitiendo un sonido hipante.

- No me estás tomando el pelo, ¿verdad?

- No.

- ¿De dónde eres?

- Soy inglés.

- ¿Y en Inglaterra hay un Ministerio de Magia?

- ¡En todos los países hay Ministerio de Magia!

- Bueno - Zoe se encogió de hombros -. En el mío, no.

- No puede ser - murmuró Charlie, asombrado -. ¿Y cómo reguláis las relaciones con otras comunidades mágicas? ¿Cómo...?

- Ya has nombrado antes eso de las "comunidades mágicas". ¿Qué es, como una secta?

Los ojos de Charlie estuvieron a punto de salirse de sus órbitas, pero debieron pensar que estaban mucho más cómodos y calentitos incrustados en su cráneo que por ahí dando botes en mitad de un bosque y cerca de un dragón roncante.

- Zoe, la comunidad mágica somos todos los magos... Tú tienes que formar parte de una, de la comunidad mágica española, es como la sociedad...

- En España las cosas no son así - dijo Zoe, y sonrió -. Yo no he conocido a más de dos o tres magos en mi vida. Bueno, contigo ya serían cuatro. Lo único parecido a un mago o bruja que he visto en mi vida han sido las videntes de la tele y una tía bastante extraña que se me acercó el otro día para contarme mi destino y pedirme que me uniera a ellos en la lucha de no sé qué. Supongo que quería que me uniese a una secta...

- ¡No puede ser!

- Sí, en serio. Los magos vivimos como muggles, bueno, más o menos. Yo soy fontanera - añadió, orgullosa -. Y vivo con mis padres. Que, por cierto, son muggles. Ellos ni siquiera saben que soy una bruja. Bueno, cuando me llaman bruja en realidad lo dicen porque no me soportan, no porque sepan que yo...

- ¿Como muggles? - exclamó Charlie, saliendo apenas del estupor en el que se había sumido -. Pero... pero... ¡Pero eso es imposible! ¿Y dónde... dónde aprendiste tú...?

- ¿A hacer magia? - Zoe terminó la frase por él -. Bueno, un día a la salida del cole un viejo se me acercó y me dijo que si quería caramelos. Yo le mandé al cuerno, porque siempre hay que mandar al cuerno a los viejos que te ofrecen caramelos a la salida del cole, pero él me dijo que yo era una bruja. Entonces me puse muy furiosa porque a ver quién se creía que era llamándome bruja sólo porque no quisiera sus caramelos, y al momento siguiente el viejo estaba sentado en el suelo y el banco donde estaba había explotado o algo así. Pero el viejo se reía en vez de, no sé, estar asustado o algo así, y entonces me dijo: "¿Ves? Una bruja. ¿Quieres que te enseñe a usar tus poderes? ¿Quieres ser la bruja más poderosa del país? ¿Quieres una rana de chocolate? Tienen cromos...".

- ¿Y te fuiste con él? - dijo Charlie débilmente.

- Todas las tardes durante seis años. Le dije a mi madre que tenía clases extraescolares de bandurria - Zoe esbozó una sonrisa -. El viejo Wulfric fue mi maestro, y me enseñó todo lo que sé. Y al séptimo año un buen día me dijo: "Bueno, pues nada, que ya eres una bruja. Felicidades. Ya te llamaré". Y hasta la fecha.

Charlie no fue capaz de pronunciar palabra. Se limitó a permanecer quieto, como petrificado, mirándola asombrado.

- Bueno... - dijo Zoe después de lo que le parecieron horas de incómodo silencio -. ¿Y tú? ¿Quién te enseñó?

- Ah... eh... - Charlie tragó saliva -. Bueno... Verás. En... en la mayoría de los países hay... hay escuelas de magia, ¿Sabes?

- ¿Escuelas de magia? ¿Como el cole pero en magia?

- Sí... sí, algo así. Es un colegio donde... donde aprendes, vamos.

- ¿Y tú estudiaste en un colegio de esos?

- Sí, yo estudié en Hogwarts - dijo Charlie -. El mejor colegio de magia del mundo.

- Ya, eso dicen todos - musitó Zoe.

- Pero... Lo que no entiendo es cómo es que en tu país no estáis registrados... Quiero decir, el Ministerio de Magia tiene localizados con nombres y apellidos a todos los magos y brujas de su jurisdicción desde que nacemos, y cuando cumplimos los once años se nos envía a Hogwarts, o, bueno, a las otras escuelas de magia... ¿Cómo es que estáis descontrolados?

Zoe se encogió de hombros. - No lo sé. Supongo que desde siempre los magos españoles han pensado que es mucho mejor vivir como magos entre muggles que hacerlo entre iguales... A lo mejor les gusta sentirse más poderosos que los que tienen alrededor, no sé.

- ¡Pero... pero... pero eso es anarquía pura!

- Síp - dijo Zoe -. Bueno, no es tan malo. Aunque me habría gustado eso de ir a un colegio con otros magos. A veces, cuando me ponía nerviosa en los exámenes del mío, o me cabreaban mis compañeros de clase, les convertía en cosas raras, o hacía que la clase explotase, o esas cosas.

- ¿Y no iba una brigada de reversión de accidentes mágicos...?

- ¿Una qué? - preguntó Zoe.

- Olvídalo. Ya veo... - Charlie se quedó pensativo un rato -. Ya me extrañaba a mí que en El Profeta no saliese nunca una sola noticia relacionada con España. Así que toda la actividad mágica que hay allí se hace de forma encubierta...

- Encubierta, sí. ¿Vosotros vais por la calle con la varita en alto, o algo así?

- Bueno, no, claro, me refería a encubierta de cara a vosotros mismos. Nosotros sólo nos escondemos de los muggles. Por lo del Estatuto Internacional de Secreto... Por cierto - añadió, como si se le acabara de ocurrir -. ¿Cómo es que no sabes nada sobre el resto de las cosas y sí sobre el Estatuto?

Zoe se encogió de hombros.

- Wulfric me advirtió el mismo día que hice explotar el banco debajo de su trasero que no debía mostrar mi magia delante de otras personas. Me contó lo del Estatuto, y me dijo que era la única ley de la cual tenía que preocuparme.

- Vaya... - Charlie levantó la vista hacia las estrellas, como intentando entender lo que Zoe estaba diciéndole -. Así que tu vida no ha tenido nada que ver con la de cualquier otro mago de cualquier otro país... Una vida de muggle.

- No lo digas como si fuera algo horrible - dijo Zoe con el ceño fruncido -. Tampoco ha estado tan mal... Aunque la verdad es que es un poco desesperante, eso de estar escondiéndote hasta de tus propios padres como si fueras un bicho raro. La única vez que hice magia delante de ellos fue sin darme cuenta, un día que estaba viendo el telediario y me enfadé tanto con el presentador que hice explotar la tele... Pero mis padres creyeron que había sido una bajada de tensión, y consiguieron que la compañía de energía eléctrica les pagase una televisión panorámica de pantalla plana.

- Menuda adolescencia debiste tener... - dijo Charlie.

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Re: El libro en el que, por fin, Harry...

Mensaje por Ninotchka el Miér Jun 10, 2009 3:22 pm

Spoiler:


Zoe suspiró, y también levantó la mirada hacia las estrellas. - ¿Sabes? Creo que en parte por eso me he venido sola hasta aquí. La verdad - bajó la voz hasta hacerla un susurro -, estaba un poco harta de todo aquello. Tenía ganas de estar con alguien que no me mirase raro cuando hago cosas tan simples como limpiarme los zapatos con la varita. Y como la única que no me mira raro cuando hago eso soy yo...

- Ya veo -. Charlie posó una mano sobre su hombro -. Oye, se me acaba de ocurrir una cosa.

- ¿Sí?.. - preguntó Zoe, sin apartar la vista de las estrellas.

- ¿Te gustan los dragones?

Esta vez sí, Zoe lo miró, y con el ceño muy fruncido. Tanto, tanto, que casi no podía ni verlo entre los pliegues del entrecejo.

- La verdad es que nunca los he probado.

Charlie se echó a reír.

- Me refería a que si te gusta... bueno, ya sabes, que si te gustaría trabajar con ellos, y eso...

- Este... - Zoe vaciló, y miró en dirección al dragón, que en esos momentos roncaba ruidosamente y expulsaba con cada ronquido un chorro de llamas azules -. Bueno, verás... yo...

- ¡Podrías quedarte aquí con nosotros! Así estarías entre otros magos, y no tendrías que esconderte, y...

- Bueno, yo... - Zoe lo miró, y, al ver su rostro ilusionado, sintió lástima y no tuvo deseos de desilusionarlo tan pronto -. Déjame que me lo piense, ¿vale?

- Como quieras -. Charlie se levantó -. No, no te levantes. Sólo... sólo voy un momento a... Bueno, ya sabes. En seguida vuelvo.

Zoe lo vio desaparecer detrás del grueso tronco de un árbol. Suspiró. Quedarse con todos esos magos, no tener que esconderse más de los muggles, o sea, no ver a muchos muggles, porque viviría entre magos... Los dragones eran un pequeño inconveniente, sí, pero el resto era muy tentador. Miró de nuevo hacia donde el dragón yacía, soñando con enormes dragonas de cuernos puntiagudos. Quizá incluso acabasen gustándole, nunca se sabía... Los dragones también tendrían su corazoncito, ¿no? O se los podría domesticar, o algo... Bueno, a lo mejor no podías enseñarle a un dragón a traerte un palito, pero podían llegar a ser unos bichos agradables... en el fondo. Además, estaban todos aquellos magos para ponerse entre el dragón y ella, ¿verdad?... Por cierto, ¿dónde habían ido todos aquellos magos? ¿Todos hacían sus necesidades a la vez? ¿Estaban sincronizados?

Miró a su alrededor, buscando alguna señal que le indicase dónde habían desaparecido una docena de magos adultos sin dejar rastro. Lo único que daba señales de vida en el claro era el inmenso dragón, cuyo pecho escamoso subía y bajaba rítmicamente al compás de su respiración. Zoe se levantó. No estaba asustada. Estar perdida en mitad de un bosque en la cima de una montaña en un país desconocido de noche y con un dragón de quince metros a su lado no era razón suficiente para asustarse. Además, en caso de despertarse, el dragón no hablaría rumano... Eso ya era un punto en favor de quedarse con Charlie: los dragones no decían nada inteligible, así que no había que preocuparse por lo que querían decir cuando decían Grrrroaaaaaaaarrrr. Cuando decían Grrrroaaaaaaaarrrr, simplemente querían decir que te iban a zampar.

Ni siquiera hacía falta el hechizo autotraductor para darse cuenta de aquello.

Después de un rato de observar fascinada las subidas y bajadas del pecho del dragón, Zoe se encogió de hombros.

- No sé por qué me pongo nerviosa. ¿Qué más me puede pasar hoy?

- Dont muv. And tel mi guer charli guisli is.




Bueno... primer capítulo perpetr... este... colgado Very Happy Very Happy Espero que al menos os entretenga un rato pleased to meet
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Re: El libro en el que, por fin, Harry...

Mensaje por Ninotchka el Vie Jun 12, 2009 3:47 pm

Vaaale, colgaré el segundo Very Happy Very Happy vista la aclamación popular...


Spoiler:






— CAPÍTULO 2 —
Niña mala






Zoe abrió mucho los ojos y se quedó petrificada. Pese a que no había entendido en absoluto la orden que acababa de darle la voz, el tono había sido tan imperioso y arrogante que supo, inconscientemente, o quizá muy conscientemente, que no debía mover ni un pelo si no quería que la propietaria de aquella voz le hiciera la permanente.

Como no oyó nada más durante unos minutos tan largos que, aparte de sus sesenta segundos reglamentarios, debían haber incluido dos prórrogas, los penaltis y la entrega de trofeos, Zoe se giró muy lentamente para ver a la persona que, estaba segura, la apuntaba con una varita mágica.

Tardó aproximadamente media hora en darse la vuelta, tan lentamente lo hizo; para cuando se puso de frente a aquella persona, debía tener calambres en el brazo de sostener la varita en alto tanto tiempo. Zoe la miró directamente a los ojos y ahogó un respingo.

Era una mujer. Vale, hasta ahí nada horrible ni horroroso. Tampoco era horroroso su aspecto, aunque era evidente que había conocido tiempos mejores: ya no era una niña, debía estar bien plantada en la cuarentena, y además no la llevaba nada bien. Su piel estaba estirada sobre unos pómulos altos y una mandíbula huesuda, y no escondía la forma de ninguno de los huesos del rostro. El cabello negro caía en ondas sobre sus hombros, fino, sin vida, deslustrado, obviamente necesitado de un buen tratamiento nutritivo a base de aceite de jojoba. Pero eran sus ojos lo que hizo que Zoe diera un respingo y abriese aún más los suyos propios. Unos ojos que se abrían camino entre unos párpados caídos y unas oscuras y abolsadas ojeras. Unos ojos que, a despecho del marco tan poco agradable que tenían, brillaban febriles y fanáticos, como si su propietaria fuera una integrista de cualquier religión y además tuviera potestad de mandar a la hoguera a cualquiera que no opinase como ella.

Lo peor de todo es que aquella mujer le resultaba familiar, y no podía recordar de qué la conocía.

— ¿Ar yu deaf? ¿Guer is charli guisli? — dijo al fin la mujer.

Zoe levantó lentamente su propia varita, cuidando de parecer menos amenazadora que un gatito ronroneando junto al fuego, y se apuntó a su propia cabeza.

— ¡Entiendo!

— ¿Qué haces? — exclamó la mujer con voz amenazadora, y blandió la varita como si fuera un arma contundente —. ¡Te he dicho que no te movieras!

— Sólo... sólo era el hechizo autotraductor...

— ¡Cállate! — la voz de la mujer restalló como un látigo, y Zoe se encogió como si realmente la hubiera azotado. No sabía muy bien por qué, pero esa mujer era muchisisisisisisísimo más acojonante que todo el bosque entero, dragón incluído.

Tragó saliva. Nunca, en toda su vida, se había encontrado en una situación como esa. A ver, claro, ella siempre había sido la única bruja de los alrededores, por no decir de todo un país, y encontrarse de pronto ante una mujer con una evidente mala leche y unas más evidentes ganas de usar la varita para convertirla en algún bicho ignoto rumanoparlante no era precisamente su forma ideal de pasar una velada tranquila. Por el momento, no se sentía capaz de usar la varita ni para defenderse ni para nada útil. De hecho, hubo un instante en el que se preguntó qué demonios hacía ese palito con aspecto de bastoncillo para las orejas en su mano, cuando evidentemente iba a necesitar todas las extremidades que pudiera reunir para defenderse de aquella mujer con aspecto de bruja.

Luego recapacitó, y recordó que aquella mujer no sólo era una bruja, sino que además la amenazaba abiertamente con otro palito—bastoncillo. Y un minuto más de concentración la llevó a la conclusión de que, si la bruja llevaba un palito, entonces ella, que llevaba otro palito, debía ser también una bruja.

Una vez recuperado su verdadero ser, Zoe comenzó a pensar qué hechizo podía utilizar para deshacerse de aquella mujer. Wulfric le había enseñado muchos encantamientos y contramaldiciones a lo largo de los años, pero en esos momentos ninguno de ellos parecía ni remotamente útil.

— Bien, mujer. ¿Vas a decirme dónde está Charlie Weasley, o voy a tener que obligarte a decírmelo? — la mujer esbozó una sonrisa francamente aterradora —. Me encantaría hacerlo, ¿sabes?

Zoe la miró fijamente, y decidió que no quería que aquella bicha encontrase a Charlie.

— No sé de quién me estás hablando — respondió fríamente.

La mujer rió.

— Ya, claro — dijo, sonriendo —. Así que eso — señaló el dragón —, es tu mascota. Un poco grande, ¿no crees? —. La sonrisa se congeló en sus labios —. ¡Dime dónde está Charlie Weasley!

— ¡No sé de qué me hablas!

— ¡Dímelo! ¡Crucio!

Jamás, ni en sus sueños más descabellados, había creído que se pudiese experimentar un dolor como aquel. Era como si todo el mundo estuviera hecho única y exclusivamente de dolor. Los músculos le ardieron, sentía los huesos como astillas de hielo clavándose en su carne, la sangre hervía en sus venas. Los ojos parecían estar a punto de explotar en sus órbitas, las uñas le crecían para dentro, al igual que los dientes, y todas y cada una de las articulaciones de su cuerpo se dislocaron. Hasta el mismísimo suelo al que cayó, gritando de dolor, dolía.

Entre la niebla de dolor, oyó, como si proviniera de muy lejos, la voz de Charlie.

— Ya estoy aquí, Zoe. Pero... ¿Qué...?

— ¡Expelliarmus!

El dolor se detuvo, y, tras unos minutos de agonía, Zoe se sintió capaz de levantar la mirada. La mujer miraba a Charlie con una sonrisa demente, y Charlie le devolvía la mirada, desafiante, pero con las manos vacías. Su varita yacía lejos de él, junto a la pierna de Zoe.

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Re: El libro en el que, por fin, Harry...

Mensaje por Ninotchka el Vie Jun 12, 2009 3:48 pm

Spoiler:


Con mucho cuidado, e ignorando el dolor que sentía por todo el cuerpo, Zoe se incorporó y, lentamente, cogió la varita de Charlie, sin apartar la mirada de él y de la mujer.

— Bien, bien, bien. El hombre al que he venido a buscar. ¿Sabes quién soy, Charlie Weasley?

La mirada de Charlie destilaba tanto odio que Zoe apenas pudo reconocerlo. ¿Era aquel el mismo hombre afable que, sólo unos minutos antes, le ofrecía un puesto de trabajo como cuidadora de dragones? Desde luego no se parecían en nada.

— Sé quién eres — escupió Charlie —. Ninguna otra bruja puede tener ese rostro.

La mujer soltó una aguda carcajada.

— ¿Y de qué tengo cara, Charlie Weasley?

— Azkaban te sentó mal — dijo Charlie, encogiendose de hombros —. Pero lo que realmente te ha estropeado es la compañía que frecuentas. Dicen que todo se pega menos la hermosura... Yo diría que no hay nada que se pegue más que la maldad. Se te ve en la cara.

La mujer rió aún más fuerte.

— Ojalá llegara a parecerme al Señor Tenebroso, Charlie Weasley. Pero — añadió, con una sonrisa torcida —, me temo que aún estoy muy lejos de tener su poder.

— ¿Qué quieres? — preguntó Charlie, ahora con una nota de furia en la voz —. ¿A qué has venido?

— Piensa — dijo la mujer, riendo todavía —. Si mi Señor quiere información sobre la Orden, yo estoy obligada a facilitársela. No sé dónde está la Orden, pero sí sé que tú formas parte de ella. Y tú vas a darme esa información.

Charlie abrió la boca, asombrado.

— ¿Quieres... quieres que yo te dé información sobre la Orden?

— Chico listo. Me sería de mucha utilidad, sí.

— ¿Y crees que te la voy a dar así, por las buenas? — exclamó Charlie —. ¡Tú estás loca!

— Un poco sí — admitió la mujer —. Pero no, Charlie Weasley. No creo que me la vayas a dar así, por las buenas. Y de hecho no quiero que lo hagas. Mi Señor me ha enviado a mí precisamente porque sabía que iba a disfrutar... haciéndolo —. Y se relamió como una gata ante una madriguera de ratones.

Charlie se quedó rígido. Lo único que aún parecía tener vida en su cuerpo eran los ojos, que seguían destilando tanto odio que Zoe tuvo que apartar la mirada de ellos. Aferró las dos varitas fuertemente, una con cada mano, y se preguntó qué ocurriría si pronunciaba el hechizo aturdidor con dos varitas. Quizá sería suficiente como para desmayar a aquella arpía...

— Y dile a tu amiguita que no se impaciente, que después de hablar contigo le tocará el turno a ella — continuó la mujer, mirando de soslayo a Zoe.

— Ella no sabe nada — dijo Charlie —. Acabo de conocerla.

— Ya — rió la mujer —. Qué excusa más vieja. No le hagáis daño a ella, ella no sabe nada, no me importa en absoluto porque acabo de conocerla y no os sirve de rehén porque no movería un dedo para salvarla. La habré oído cientos de veces.

— Es cierto — insistió Charlie, con una nota de pánico en la voz —. Ella no sabe nada. Ni siquiera es inglesa...

— Da la casualidad — interrumpió la mujer — de que sé que estás aquí para captar magos extranjeros para la Orden. Así que deja de hacer el tonto y no intentes convencerme de que ella no es una de los vuestros. Al Señor Tenebroso le encantará — divagó un rato, pero sin dejar de apuntar a Charlie con la varita ni un instante —. Dos magos de la Orden por el precio de uno. Volveré a ser su bruja preferida... Me colmará de honores... Y me perdonará por el último error que cometí.

— Sí, aquello debió ser muy incómodo para tí, ¿verdad? — dijo Charlie con furia —. A tu jefe no le sentaría nada bien, supongo...

— ¡Cállate! — gritó la mujer, colérica —. ¡Cállate, Charlie Weasley! ¡No hables de lo que no entiendes! Ni siquiera estabas allí... Pero mi Señor no tomó represalias contra mí. Aunque no me ha perdonado todavía... Es difícil obtener su perdón. ¡Pero si os llevo a su presencia me perdonará!

— No iba a matarte, siendo como eres una de las pocas que siguen apoyándolo — dijo Charlie, burlón.

Zoe se encogió. La furia de la mujer era casi palpable, como una corriente eléctrica que saturase en claro del bosque. Estuvo a punto de decirle a Charlie que no era muy inteligente por su parte encolerizar a aquella mujer más de lo que ya estaba, pero las palabras murieron en su boca cuando vio qué nuevo personaje iba a unirse a la conversación.

Un personaje que no era muy buen conversador, a menos que Grrrroaaaaaaaarrrr fuese una postura válida en un debate de esas características. Zoe se encogió aún más, muda, y observó cómo se levantaba del suelo, vacilante y medio ebrio, el inmenso dragón.

— Pagarás por esto, Weasley — dijo la bruja, con los ojos desorbitados de furia —. Muy pronto te darás cuenta de que no soy yo sola la que apoya y venera a mi Señor. Y entonces desearás no haber...

Una enorme pata cayó sobre ella.

Charlie observó la pata unos segundos y después se volvió hacia Zoe. Corrió hacia ella y la obligó a levantarse del suelo tirando del cuello de su jersey de lana de oveja merina, que para ese momento ya debía estar deformado hasta lo indecible.

— ¡Corre! — gritó Charlie, y la condujo a trompicones hacia los árboles.

— Pero...

— ¡Corre!

— Pero Charlie — jadeó ella —. Tú eres cuidador de dragones... ¿No puedes hacerte cargo de él?

— Hacen falta muchos magos para convencer a un dragón de que debe dormirse — dijo Charlie sin dejar de correr —. Y muchas varitas. Y yo he perdido la mía...

Zoe le tendió la varita, y tropezó con una piedra. Estuvo a punto de caer, pero Charlie la sostuvo y siguió tirando de ella para que corriese. Cogió la varita.

— Gracias. De todas formas — añadió —, no es el dragón lo que me preocupa. La que me preocupa es ella.

— ¿Ella? — exclamó, incrédula —. ¡Pero si el dragón acaba de cargársela!

— ¡Qué va! ¡A esa no hay quien la mate!

— ¡Pero...!

— ¡No está muerta! ¡Hazme caso: es demasiado poderosa como para que un simple dragón la mate! ¡Vámonos!

— ¿A dónde?

— ¡Corre!

Siguieron corriendo durante eones. Zoe notaba el corazón dando brincos en su pecho, y unos pinchazos muy molestos en un costado. Pero creyó que no era el momento de explicarle a Charlie Weasley que no estaba lo que se dice en buena forma. Corrió, y corrió, y corrió, hasta que pensó que no había hecho otra cosa a lo largo de su vida más que correr por aquel bosque.

De repente, Charlie tropezó con algo y cayó al suelo cuan largo era.

— ¿Qué demon...? — exclamó desde el suelo —. ¡Lumos!

Cuando la varita se iluminó, sonó junto a él en el suelo un chillido agudísimo, de esos que si te descuidas te destrozan el tímpano. El charco de luz cayó sobre una figura encogida, que gemía suavemente y se tapaba la cabeza con las manos.

— ¡Piotr! — exclamó Zoe, sorprendida. Se había olvidado por completo del muggle.

— ¿Lo conoces?

— Sí — asintió ella —. Es mi guía rumano daltónico.

Charlie la miró con la boca abierta. Ella se encogió de hombros y levantó la varita.

— ¡Obliviate!

El cuerpo encogido de Piotr pareció relajarse. El muggle incluso se atrevió a levantar la mirada hacia ellos. Charlie reaccionó rápidamente y, antes de que el hombretón pudiera verlos con claridad, exclamó: — ¡Desmaius! —. Y Piotr se desplomó.

— Muy bueno — aprobó Zoe —. Nos quita un problema de encima.

— Sí, pero todavía tenemos otro detrás — dijo Charlie, mirando por encima de su hombro en dirección a los grrrroaaaaaaaarrrrs que sonaban en la lejanía —. Tenemos que salir de aquí.

Zoe pensó unos instantes.

— ¿No podríamos utilizar esa... la Red Flú esa que me has dicho antes?

— No — dijo Charlie —. Para eso necesitaríamos una chimenea.

— ¿Una chimen...?

— Y tú no puedes aparecerte en Grimmauld Place... No conoces su emplazamiento porque está oculto por el encantamiento Fidelio.

— ¿Grimmauld...?

— Pero tengo una idea mejor — afirmó, y se agachó para registrar los bolsillos de Piotr. Al cabo de unos instantes, extrajo de uno de ellos una fusta. La observó con interés unos instantes (Zoe la miró con repugnancia: sabía perfectamente para qué utilizaban la fusta muchos muggles, y se preguntó qué habría ocurrido si Piotr hubiera intentado utilizarla con ella). Charlie levantó la varita y apuntó a la fusta. — Portus — dijo, y la fusta vibró un instante, brillando con una tenue luz azulada, y después se quedó inmóvil.

Zoe la observó con curiosidad.

— ¿Qué has...?

— Esto — la interrumpió Charlie — es un traslador. Lo único que tienes que hacer es tocarlo cuando yo diga "tres". ¿De acuerdo?

— ¿Qué es un...?

— ¡No hay tiempo para eso! ¿Lo has entendido?

— Sí... creo que sí — dijo Zoe —. Tocarlo. Cuando digas "tres".

— Eso es. ¿Preparada? Uno... Dos...

— Espera, espera, ¿Cuando digas "tres" lo toco, o cuando digas tres espero un compás y lo toco...?

— ¡Tres!

— Oh, bueno, vale...

Zoe posó un dedo sobre la fusta y, al instante, sintió como si la mano de Charlie la hubiera agarrado no por el cuello del jersey de lana de oveja merina, sino por la cinturilla de los pantalones. Solo que la mano de Charlie no era tan fuerte, ni mucho menos. Se vio arrastrada hacia delante, con el dedo pegado a la fusta como si Charlie la hubiera rociado de Super Glue, y un remolino de colores irisados la rodeó. Tuvo la extraña sensación de que viajaba miles y miles de kilómetros en un solo segundo, arrastrada por aquel remolino de colorines...

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Re: El libro en el que, por fin, Harry...

Mensaje por Rhayma el Vie Jun 12, 2009 11:59 pm

Es muy bueno, me estoy partiendo la vaina ...lastima que de momento no tengo internet donde voy el finde...pero todo se andará.
En serio es genial , lo recomiendo de manera entusiasta...no sé si me entendéis...

PS: entiendo





How many eyes does Lord Bloodraven have? the riddle ran. A thousand eyes, and one.

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Re: El libro en el que, por fin, Harry...

Mensaje por Ninotchka el Lun Jun 22, 2009 3:16 pm

Uy, cuánto tiempo sin actualizar a mi pobre y desconsolada Zoe... Enga, un par de capitulillos más Very Happy :




Spoiler:


— CAPÍTULO 3 —
El cuartel general de los buenos






Zoe cayó al suelo con un fuerte golpe cuando el remolino que la arrastraba hacia delante desapareció. El golpetazo fue de aúpa; era como si hubiera estado viajando a la velocidad de un Concorde y se hubiera estampado contra el duro suelo de piedra sin frenar un ápice. Cerró los ojos. La cabeza le daba vueltas, y su cerebro continuó golpeándose animadamente contra su cráneo cuando se agarró la cabeza con ambas manos. Era como si un tornado de fuerza 5 se hubiera instalado en su sesera y no tuviera intención de remitir por lo menos en la siguiente hora y cuarto.

Poco a poco, tomó conciencia de su propio cuerpo. La cabeza seguía pegada a su cuello, y éste a su tronco, y de éste salían cuatro extremidades... Bien, parecía que el recuento de miembros se podía calificar de completo y satisfactorio.

Abrió los ojos y trató de enfocar la mirada.

Por un momento, creyó haberse dormido durante el viaje (cosa harto improbable, no había sido precisamente un viaje tranquilo y placentero) y estar soñando. Claro que, si estaba soñando, su mente le estaba gastando una broma absurda. Porque allí, delante de su mirada, y mirándola con expresiones que variaban entre la aprensión, la sorpresa, la admiración y la lástima, había cuatro magos.

— Eh... eh...

— Ai gues si is a litel eslou.

— Or si jav problems guiz jer lenguech cordineishon.

— ¡Puur gerl! ¡Yu tu, shad ap! — dijo una mujer con aspecto maternal, se inclinó hacia ella y la levantó, tirando de uno de sus brazos —. ¿Ar yu fain?

— Eh... eeeh.... eehhh...

— ¿Sii? Si is eslou.

— ¡Shad ap! — repitió la mujer, y se volvió hacia Zoe esbozando una sonrisa bondadosa —. ¿Can yu anderstand mi?

Entre el remolino de pensamientos mareantes, Zoe consiguió enfocar su cerebro en un sólo: la necesidad apremiante de buscar una solución al problema de la comunicación. No podía seguir manteniendo una situación en la que no era capaz de comprender ni una sola palabra, la dijera quien la dijese. Se encogió de hombros (lo cual estuvo a punto de hacerla vomitar), pensó que si estaba rodeada de magos el Estatuto de las narices no tenía ni la más mínima importancia, se apuntó con la varita a la sien y dijo: — ¡Entiendo Pasiempre Britanicum!

Un mago joven, que permanecía junto a otro joven mago exactamente idéntico a él en todos y cada uno de los detalles de su rostro, la miró apreciativamente. — Oh, vaya, qué bueno... Un encantamiento autotraductor permanente.

— Estoy harta de no enterarme de nada — respondió Zoe de mal humor, y se sacudió el polvo del estropeado jersey de oveja de lana merina. Suspiró al observar que sus pantalones tampoco tenían muy buen aspecto: tenía que ir de compras, y con urgencia.

— Supongo que el viaje te habrá mareado un poco, querida — dijo la mujer de aspecto maternal —. Ven, siéntate junto al fuego. Te prepararé una taza de té.

Zoe se dejó arrastrar hasta la chimenea, donde ardía alegremente un fuego anaranjado y cálido. Se sentó en una vieja y cochambrosa silla de madera, y volvió a mirar a su alrededor.

La mujer que la había ayudado a levantarse era bajita y regordeta, vestía una desastrada túnica de lana y un delantal de plástico de esos impermeables con un dibujo del ratón Miki, y poseía unos cabellos de un color rojo brillante. También tenían ese color de pelo los dos muchachos idénticos que habían hablado en primer lugar, y que aparentaban tener unos veinte años, así como un mago prácticamente calvo que conversaba un poco más allá con Charlie Weasley.

— Escucha, Molly... — dijo el mago calvo, volviéndose hacia la mujer —. Charlie tiene noticias importantes, voy a avisar al resto.

— Muy bien, Arthur — suspiró la señora pelirroja, la tal Molly —. Mejor dejo preparada la cena ya, y así podremos cenar en cuanto termine la reunión.

— Te ayudamos, mamá — dijeron al unísono los dos magos más jóvenes, que Zoe pensó debían ser gemelos. Al oír cómo llamaban "mamá" a la mujer, Zoe supuso que eran sus hijos (una conclusión abrumadora, teniendo en cuenta el estado mental en que se encontraba), y, yendo un poco más allá en sus hipótesis, supuso que el tal Arthur era su padre (el de los gemelos, no el de la mujer), y que los cuatro formaban parte de la familia de Charlie Weasley (que debía ser hermano de los gemelos y, en consecuencia, hijo del mago alopécico y de la rolliza bruja).

De modo que aquella debía ser la casa de los Weasley.

— No, de eso nada — dijo la señora Weasley en un tono que no admitía réplicas, y Zoe se encogió, creyendo por un instante que había leído sus pensamientos y estaba respondiendo a su afirmación. Luego se dio cuenta de que la mujer se dirigía a sus dos hijos más jóvenes —. Siempre que intentáis ayudarme a cocinar acabo con la cocina en llamas, o con el techo desplomándose sobre mi cabeza.

— Qué injusta eres, mamá — dijo uno de los gemelos pelirrojos.

— Sí — añadió el otro —. Nunca hemos hecho que se te desplome el techo...

— Aunque no es mala idea — dijo el primero.

— Subid arriba ahora mismo y aseguraos de que los otros están haciendo los deberes — dijo la señora Weasley.

Uno de los gemelos sonrió.

— Están de vacaciones, mamá — dijo.

— Lo más seguro es que estén jugando a los gobstones, o a echarse maldiciones pegamiembros los unos a los otros...

— ...o a tirar globos de ácido por la ventana...

— ¡Ey, qué buena idea! Vamos, George.

— ¡Ni se os ocurra empezar a tirar globos de ácido por la ventana!

— No, mamá, ni se nos pasaría por la cabeza...

Los dos gemelos salieron por la puerta, con la clara intención de dedicar los minutos siguientes a lanzar todo tipo de sustancias corrosivas por la ventana, y Molly se volvió hacia Zoe.

— Bien, creo que ha llegado el momento de presentarnos — dijo —. Soy Molly Weasley, y esos dos — frunció el ceño — eran mis hijos Fred y George. Ya conoces a Charlie — Charlie sonrió desde el otro extremo de la sala —. También es hijo mío. Y el hombre que acaba de desaparecerse es mi marido, Arthur Weasley. Tengo más hijos, ya los conocerás después.

— ¿Esta es su casa?

— No, no, querida — sonrió la señora Weasley bondadosamente —. Ésta es la sede de la Orden del Fénix.
— ¿La Orden del...? — preguntó Zoe, confusa.

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Re: El libro en el que, por fin, Harry...

Mensaje por Ninotchka el Lun Jun 22, 2009 3:18 pm

Spoiler:


— Sí, claro — dijo la señora Weasley —. No creo que hayas oído hablar de nosotros: no salimos a menudo en los periódicos. Luego te contaremos; ahora no puedo decirte nada, hasta que venga el Guardián Secreto. Si no te lo cuenta él, no lo recordarás ni siquiera un ratito — se encogió de hombros —. Ya sabes, tenemos que protegernos...

— Pero... pero... ¿De quién?

— Luego, cariño. Ven, come algo, que estás un poco paliducha.

¿Paliducha? Lo extraño era que todavía estuviese consciente, teniendo en cuenta todo lo que había pasado en unas pocas horas. Zoe estaba acostumbrada a la tranquila vida de una muggle, y tanta acción y emociones juntas eran algo difícil de asimilar. Cogió la taza de te que le tendía la señora Weasley y bebió un sorbo, sin animarse a decirle que le gustaba más la manzanilla.

— Señora Weasley... — dijo.

— Molly, querida.

— Bien. Molly...

— ¿Qué quieres, querida?

— Yo...

— ¿Sí, querida?

Zoe gruñó, absolutamente convencida de que con tantos "querida" iba a acabar subiéndole el azúcar hasta rozar el colapso insulínico, y sospechando que la mujer no tenía la más mínima intención de responder a ninguna de sus preguntas. Aún así, decidió intentarlo.

— ¿De qué va todo esto?

La mujer sonrió bondadosamente y volvió a llenarle la taza de té.

— Quiero decir... ¿Dónde estoy? ¿Quiénes son ustedes?

— ¿Una pastita, querida?

— ¿Qué ha ocurrido antes? ¿Quién era aquella mujer?

— ¿Más té?

— ¿Por qué a Charlie le ha dado tanto miedo? ¿Son ustedes de los malos o de los buenos?

— Oh, de los buenos, te lo aseguro. ¿Un bizcocho?

— Sí, bueno, claro, eso es lo que dirían aunque fueran de los malos...

— No, no, te aseguro que este bizcocho es de los buenos, casero cien por cien...

— No me refería a...

— Lo he hecho yo misma, ya sabes, un poco de harina, huevo, azúcar...

— No, bueno, yo...

— Se bate bien y luego se añade un sobre de levadura Royal...

En ese momento las llamas de la chimenea comenzaron a brillar con una extraña tonalidad verde esmeralda, causándole a Zoe un sobresalto tal que a punto estuvo de derramarse la vigésimoquinta taza de té en los ya de por sí hechos un asco pantalones. De la chimenea salieron, de uno en uno, cerca de diez magos y brujas, todos ellos vestidos con túnicas de distintos colores y en diversos grados de deterioro, remiendo y suciedad. Según salían de la chimenea, saludaban alegremente a la señora Weasley.

— Hola, Molly...

— Hola, Hagrid... Agacha la cabeza que me destrozas el enlucido del techo...

— ¿Qué hay, Molly?

— Aquí, haciendo la cena, Minerva...

— ¿Todo bien?

— Muy bien, Hestia, muy bien..

— ¿Qué tal va el verano?

— Bue, ya sabes, Kingsley, como siempre...

— ¿Te dan mucho el coñazo esos niños?

— Qué va, Severus... No dan mucha guerra...

— ¿Qu´pasa, Molly?

— Hola, Tonks, querida... No, no dejes ahí el abrigo... Ooops... Bueno, no importa, luego lo recogeré, no, no lo recojas tú... Vaya... Tendré que comprar un juego de café completo...

— Hola, Molly...

— Vete directo al servicio y date un baño, Mundungus, por el amor de Dios...

— Hola, mamá...

— Córtate el pelo, Bill...

— Bonsuar, madam guesli...

— Buenas tardes, Fleur... No sé qué leches hace mi hijo contigo pero cada día hablas peor en inglés... No, no me lo digas, no quiero saberlo... ¡Córtate el pelo!

— ¿Excusemua?

— No, a tí no, al pelanas de mi hijo... ¡Vaya pintas!

— Hola, tronka...

— Hola, Perséfone... Bonito traje.

A las buenas tardes, señora Weasley...

— Este.. Hola, hola...

JE JE JE CÓMO ME GUSTA QUE NADIE ENTIENDA NI PAPA DE LO QUE DIGO

— Sí, lo que tú digas, Ramsés, hombre... Puedes cogerte las vacaciones ahora o esperar a Semana Santa...

Zoe observaba aturdida como más y más magos iban entrando en la habitación, que estaba empezando a estar tan abarrotada de gente como una estación de tren rumana. En ese momento entró un hombre, éste por la puerta, sonriente, seguido por los dos gemelos de pelo rojo. El hombre era castaño, aunque su cabello comenzaba a tornarse gris en algunas zonas; alto, delgado, parecía ser más joven de lo que en realidad aparentaba. Zoe le echó unos cuarenta años como mucho.

— Hola a todos — dijo el hombre, que vestía una túnica marrón bastante vieja.

— Oh, hola, Remus — dijo Molly, y sonrió —. ¿Qué tal están los de arriba?

— Bien, bien — dijo el tal Remus —. Les he estado enseñando un par de truquitos para quitarse de encima a Malfoy este curso... Ya sabes, un encantamiento de depresión y otro de enfermedad leve transitoria repentina, para que lo usen con él si se les pone muy farruco... Oh, hola, Severus — dijo, dirigiéndose a un mago vestido de negro con pelo largo que lo miraba como si tuviera ganas de asesinarlo preventivamente —. A ver si este año controlas un poco más al cachorro de Lucius, es un niño francamente insoportable.

— No me digas, Lupin — dijo éste con la voz cargada de veneno. Zoe sintió un escalofrío —. Si la criatura no es capaz de vérselas con un niñito como Draco, entonces más nos vale ir haciendo las maletas y huyendo al Caribe lo antes posible.

— La criatura, como tú lo llamas, es muy capaz de vérselas con Draco Malfoy.

— Sí, eso díselo a otro.

— Si ha sido capaz de cabrear al mismísimo Voldemort...

— La criatura es capaz de cabrear al más paciente de los seres humanos.

— Lo cual no es precisamente tu caso, Severus...

— Escuchadme, todos — interrumpió Molly —. Ésta es... es... — se volvió hacia Zoe —. ¿Cómo era tu nombre, querida?

— Zoe — dijo ésta, cohibida, cuando todas las miradas de la habitación se volvieron hacia ella.

— Zoe, eso. La ha traído Charlie.

— Hola, Zoe — dijeron todos al unísono —. Te queremos, Zoe.

Zoe los miró, desconcertada.

— No les hagas caso — dijo Remus, sonriendo —. Siempre hacen la misma bromita estúpida cuando viene uno nuevo —. Se adelantó y le tendió la mano —. Soy Remus Lupin.

— Encantada — dijo Zoe.

— Y éstos — continuó Lupin —, son Rubeus Hagrid... sí, ese grandote de ahí... Minerva MacGonagall es la viejecita encantadora de aspecto feroz — la tal Minerva frunció el ceño. Parecía capaz de arrancarte la cabeza con un único pensamiento —. Hestia Jones es la de allá, algún día conseguiremos que tire ese sombrero a la basura... Kingsley Sacklebolt es el negro calvo, Severus Snape es el encanto del pelo negro con gomina, en realidad no es gomina pero a él no le importa..., Nymphadora Tonks, sí, esa que tiene el pelo a cuadros escoceses... Mundungus Fletcher es el montón de trapos de encima de esa silla, la que va de cuero negro en plan siniestro es Perséfone, que no te dé miedo que cuando la conoces es bastante maja — rió —. Bill Weasley el pelirrojo del pelo largo y Fleur Delacour la rubita mona... El nombre de esos tres — señaló a un mago y dos brujas de aspecto exótico — no sé ni cómo se pronuncia, pero son bastante agradables... Hola, hola, sí, hola, como te llames...

hola, hola... que tal andas, moza?

— Er... hola...

— A Fred y George Weasley ya les has visto antes... — dijo Remus —. Bueno, falta bastante gente pero nos las tendremos que arreglar, ¿no, Arthur? — dijo, dirigiéndose al calvo señor Weasley, que acababa de entrar por la chimenea.

— Sí, no he conseguido avisarlos a todos con tan poco tiempo... — contestó el señor Weasley, alargando una mano para estrechar la de Zoe —. ¿Qué tal? Yo soy Arthur Weasley.

— Encantada — respondió Zoe, insegura.

— Bien — dijo Molly —, más vale que nos sentemos, o se nos hará la hora del desayuno.

— ¿Ya? — dijo Mundungus, incorporándose —. Para mí huevos revueltos con bacon, Molly, gracias.

El resto de los magos soltó una risita, mientras Molly Weasley fruncía los labios en una mueca y rehusaba contestar.

— Os he llamado — dijo Arthur con voz de cura párroco celebrando la unión de un hombre y una mujer en santo matrimonio — porque mi hijo Charlie — señaló al pecoso Charlie, que sonreía y saludaba como un político en plena campaña electoral — tiene algo que contaros.

Charlie se levantó de la silla, indeciso, y, tras unos instantes, decidió que estaba más cómodo sentado, dónde iba a parar, y volvió a sentarse, como es obvio.

— Bueno — comenzó, azorado al tener que dirigirse a tanta gente —, bueno, lo que ha pasado es que...

— ¿Qué? — dijeron cuatro o cinco magos a la vez, impacientes.

— Bueno — Charlie carraspeó —. Bellatrix Lestrange ha intentado llevarnos ante Quien—Vosotros—Sabéis para sacarnos información.
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Re: El libro en el que, por fin, Harry...

Mensaje por Ninotchka el Lun Jun 22, 2009 3:18 pm

Spoiler:


Ante aquella escueta declaración (Zoe pensó que Charlie se lo podía haber currado más, y apuntó mentalmente que debía darle un par de clases de dialéctica), todos los magos de la sala guardaron un minuto de silencio sepulcral, mirándose los unos a los otros. Después, y como si el árbitro del partido hubiera dado por finalizado el minuto con tres pitidos, comenzaron a hablar todos a la vez.

— ¡Pero eso no es posible!

— ¿Cómo sabía dónde estabas?

— ¿Te conoce?

— ¿Tienes algo que decirnos, hijo mío?

— Anda que cómo te lo montas, chaval... — esto lo dijo Bill con un guiño pícaro.

— ¿Te ha hecho daño?

— ¡Esa maldita bruja!

— Oye, sin faltar...

— Perdona, Tonks...

— ¿Sigue estando tan buena como hace quince años?

— Quién la pillara...

— Oye, que se cargó a uno de los nuestros hace menos de dos meses...

— Sí, bueno, el que poco arriesga poco gana.

— ¿Y qué quería?

— ¿Es que no escuchas, colega?

— ¿Quésquevudit?

— En inglés, moza...

De qué habláis todos?

— ¿Hay algún traductor en la sala?...

— Yo voto lo que vote Sirius.

— Mundungus, hace ya semanas que Sirius está criando malvas...

— Ah, ¿ahora es florista?...

u

— No digas palabrotas, Ramsés.

— Quién la pillara...

— Una pregunta — dijo una voz, imponiéndose a todas las demás. Todos callaron, y miraron hacia la bruja mayor, la que parecía capaz de machacar cabezas con una mirada —. ¿Qué tiene que ver ella en todo esto?

— Mujer, que vino a sacarme información de parte de...

— No me refiero a Bellatrix — dijo la mujer —. Me refiero a ella.

Señaló a Zoe. Ésta se encogió en su asiento, mientras todos los ojos que había por los alrededores se fijaban en su persona.

— Estaba conmigo cuando vino Bellatrix — dijo Charlie —. Pensó que también pertenecía a la Orden, e intentó llevársela también a ella.

— ¿Y qué hacía contigo?

— Llegó cuando tratábamos de controlar a un Cabezahueca rumano hormonado — explicó Charlie —. Estuvo a punto de recibir un par de zarpazos cariñosos y luego estuvimos hablando un buen rato hasta que llegó la Lestrange.

— ¿Y qué hacía en un bosque perdido de Rumania?

Zoe se encrespó. — Estaba más perdida que el puñetero bosque, ya que lo preguntáis. Un maldito muggle daltónico con propensión a usar instrumentos sadomasoquistas me llevó hasta la puñetera cima de aquella puñetera montaña y luego el muy puñetero...

— ¿Un muggle? — preguntó la mujer. Después, se dirigió a Charlie —. ¿Y cómo sabes que es de fiar, Weasley? Podría haber estado allí por orden de El—Que—No—Debe—Ser—Nombrado...

— Es de fiar, Minerva — dijo una voz a espaldas de Zoe —. Yo la conozco.

Cuando Zoe miró por encima de su hombro para observar al propietario de la voz, vio a un hombre alto, erguido y rodeado con un aura inconfundible de poder. Su cabello y barba plateados le llegaban hasta bien debajo de la cintura, y los llevaba descuidadamente recogidos en dos largas coletas. Los azules ojos brillaban tras unas gafas con forma de luna en cuarto menguante (bueno, según las mirase; si torcía la cabeza y las miraba del revés eran un cuarto creciente cada una), cuya montura plateada se encaramaba sobre una nariz prominente y quebrada (alguna mala pelea de suburbio, seguro). Arrastraba por el suelo la túnica de terciopelo granate con adornos dorados en forma de... de... de animales irreconocibles (aunque homínidos) en posturas irreconciliables.

Zoe contuvo el aliento.

— ¡Wulfric! — susurró, anonadada.

— ¿Wulfric? — preguntó, asombrado, Charlie, mirando a Zoe con incredulidad.

— ¡Hombre, Dumbledore! — exclamó Mundungus animadamente —. Ya era hora, camarada, ya era hora...

— Bien, bien — dijo Dumbledore con voz pausada —. Eugenia Celia Alejandra María de las Mercedes Ortega. Cuánto tiempo.

— ¿Eugenia Celia...?

— ¿Conoces a Dumbledore, Zoe? — preguntó Charlie —. ¿Por qué no lo has dicho antes?

— No sé quién es Dumbledore — respondió ella —. Éste es mi maestro, Wulfric.

— Albus Percival Wulfric Brian Dumbledore — dijo éste, con una sonrisa —. Pero casi todo el mundo me llama Jackie Chan.

— No tiene gracia, Dumbledore — dijo Minerva con voz severa.

— Yo soy Zoe — dijo ésta —. Deberías recordar que no me gusta mi nombre, Wulfric.

— Pues es un nombre precioso — dijo Dumbledore, y se sentó elegantemente sobre una de las destartaladas sillas que había en la estancia —. Tu madre tuvo muy buen gusto. No como tu abuela...

— Mi abuela no tuvo la culpa de que la llamasen Fortunata — dijo Zoe con voz tensa.

— No me refería a eso, pequeña — dijo Dumbledore amablemente —. Bien, bien, bien... Celia — dijo, haciendo caso omiso de la mueca de Zoe —. Has crecido mucho... Estás hecha una mujer, ¿eh?

— Tengo veintinueve años — espetó Zoe furiosa —. Y llevo once esperando a que mi antiguo maestro se preocupe por averiguar qué tal me va la vida. ¡No esperaba una carta de recomendación, pero al menos podrías haber venido algún día de visita!

— ¿Maestro? — exclamó Arthur Weasley con sorpresa.

— No quería llamar la atención — se disculpó Dumbledore con cara de no sentirlo en absoluto. Dumbledore era uno de esos hombres que no necesitaban disculparse por nada de nada porque casi todo lo hacían bien.

— ¡Tú llamas la atención dondequiera que vayas, Wulfric! — dijo Zoe enojada.

— No será para tanto... — dijo Dumbledore con modestia.

— Albus, ¿Puedes explicarnos a qué viene todo esto? — preguntó Minerva MacGonagall con severidad —. ¿Quién es esta mujer? ¿Qué quiere decir con eso de que tú fuiste su maestro?

— Pues exactamente eso, Minerva — respondió Dumbledore —. Que fui su maestro.

Zoe se revolvió en su asiento cuando todos y cada uno de los magos y brujas la miraron, atónitos.

— Dumbledore — dijo Lupin con voz serena —. ¿Por qué fuiste tú su maestro? ¿No estudió en el colegio?

— ¡Si ni siquiera es inglesa, por el amor de Dios! — exclamó el mago vestido de negro con sorna —. ¿Cómo demonios fuiste hasta su país, esté donde esté, para enseñarla? ¿Cómo te enteraste de su existencia, siquiera?

— Eso, Severus — dijo Dumbledore, mirándolo fijamente —, es algo entre Celia y yo.

— Zoe — corrigió ésta inmediatamente.

— Albus — dijo Minerva con los ojos muy abiertos entre el enmarañado conglomerado de arrugas que los rodeaban —. ¿Puedo preguntarte por qué...?

— Y eso es algo que sólo me incumbe a mí — respondió Dumbledore, con un tono que no admitía réplicas.

Se hizo un silencio ominoso y casi palpable, uno de esos silencios que se mastican y luego te dejan un desagradable sabor de boca y un inevitable dolor de estómago. La furia de Zoe se diluyó en ese silencio, y fue sustituida por una curiosidad casi tan espesa y densa como el silencio que la rodeaba.
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Re: El libro en el que, por fin, Harry...

Mensaje por Ninotchka el Lun Jun 22, 2009 3:19 pm

Spoiler:


— Wulfric... — se atrevió a decir.

— Llámame Dumbledore, querida — contestó éste —. O Albus, si quieres. Algunos me llaman Jackie Chan... — añadió, esperanzado.

— Albus... — dijo Minerva con severidad.

— De acuerdo, de acuerdo — admitió Dumbledore.

— Puedes llamarlo Aquel Al Que Él Siempre Ha Temido — ayudó Bill Weasley, en pelirrojo de la coleta.

— Vamos, vamos — se ruborizó Dumbledore —. No es para tanto...

— Dumbledore — interrumpió Zoe, levantando la voz —. ¿Puedes explicarme de qué va todo esto? ¿Quiénes son estas personas? ¿Qué hago en esta casa? ¿Quién era esa mujer...?

— Según me ha informado Arthur Weasley — dijo Dumbledore, inclinando la cabeza ante el padre de Charlie —, esta tarde habéis tenido un encontronazo con Bellatrix Lestrage...

— Sí — se apresuró a añadir Charlie —, ha intentado...

— ¿Quién es esa mujer? — preguntó Zoe —. ¿Qué quería?

— Bellatrix Lestrange — explicó Dumbledore — es una mortífaga, Celia. Ya sabes, una de las seguidoras de...

— Sé lo que es una mortífaga, gracias — interrumpió Zoe con acritud —. Tú mismo me lo explicaste.

— Sólo era por si lo habías olvidado — dijo Dumbledore con suavidad.

— Pues no.

— Pues vale.

— Lo que quiero saber es qué demonios hacía una mortífaga paseando tranquilamente por un bosque perdido en mitad de una montaña en Rumania. ¿No me habías dicho que todos los mortífagos acabaron en Azkaban?

— Todos no — dijo Dumbledore —. Algunos se libraron. Pero ésta en concreto escapó hace apenas unos meses.

— ¿Cómo escapó?

— Voldemort, claro.

Algunos magos y brujas hicieron una mueca o pegaron un respingo ante el nombre. Zoe se quedó mirando a Dumbledore con la boca abierta.

— ¿Voldemort? — preguntó con voz temblorosa, causando otras tantas muecas y respingos —. ¿Pero no había...?

— Sí, claro, tú no sabes nada de aquello... — Dumbledore suspiró —. Es el inconveniente de vivir aislada de la comunidad mágica, Celia.

— Zoe.

— Zoe. En fin — suspiró —, supongo que así ha sido mejor para todos. Pero ahora tendré que explicártelo todo, por supuesto...

— Albus — interrumpió Minerva MacGonagall, dubitativa —. ¿Crees que es seguro contarle...?

— Es de total confianza, Minerva — dijo Dumbledore —. Verás, Celia. Voldemort ha vuelto.

Los magos y brujas volvieron a dar respingos y a poner muecas, como si el nombre de Voldemort les hiciese daño en los oídos. Zoe enmudeció, y sus ojos estuvieron a punto de salirse de sus órbitas.

— ¿Ha vuelto? — susurró, asustada —. Pero... ¿cómo...?

— Es una historia muy larga — respondió Dumbledore —. Ya te la contarán más adelante, estoy seguro. Baste decir que ha recuperado su cuerpo, y que vuelve a ser igual de peligroso que hace quince años, o quizás más.

— ¡Pero tú dijiste que había desaparecido! — exclamó Zoe —. ¡Tú me dijiste que había muerto!

— Muerto no, Cel... Zoe — dijo Dumbledore con tristeza —. Voldemort — respingos y muecas — no es capaz de morir, al menos no podía morir hace quince años. Ahora quizá sea más fácil, aunque...

— Es imposible, Dumbledore — interrumpió Severus —. Si quien tiene que matarlo...

— Tranquilidad, Severus — dijo Dumbledore —. Todo a su debido tiempo.

— ¿Qué está pasando? — exigió saber Zoe —. ¿Cómo es que...?

— Más tarde — interrumpió Dumbledore —. El caso es que Voldemort — muecas, respingos — vuelve a estar vivito y coleando. Bueno, quizá coleando no, pero porque no tiene el más mínimo sentido del ritmo, animalito...

— ¡Albus!

— De acuerdo, de acuerdo, Minerva... Lo único que tienes que saber por el momento, Celia, es que Voldemort — respingo, mueca, hipido — vuelve a querer hacerse el dueño del mundo. Ha liberado a sus mortífagos, los que estaban en Azkaban, y aunque hace un mes encarcelaron a unos cuantos más — sonrió —, cada día que pasa se hace más poderoso.

Zoe tragó saliva.

— ¿Y tú vuelves a luchar contra él?

— Nosotros volvemos a luchar contra él — corrigió Dumbledore —. Éstos — abarcó con la mirada a todos los magos y brujas que abarrotaban la sala — forman parte de la Orden del Fénix.

— ¿La Orden del...?

— La Orden del Fénix — continuó Dumbledore — la formamos todos aquellos que luchamos contra Voldemort — hipidos, respingos, muecas, flaccidez, descolgamiento.

— Ya había llegado a esa conclusión por mí misma, muchas gracias — contestó Zoe.

— De acuerdo.

— ¿Y qué hacéis para...?

— Bien — explicó Dumbledore —, intentamos conocer sus objetivos e impedir que los consiga, básicamente...

— También había podido llegar a esa conclusión yo solita.

— Sí, siempre has sido una niña muy lista.

— ¿Y cuáles son sus objetivos?

— No creo — dijo Minerva, autoritaria — que sea prudente contárselo todo, Albus...

— Eugenia Celia Alejandra cuenta con toda mi confianza, Minerva — respondió Dumbledore, y sonrió a Zoe —. Aparte de controlar a cuantos más magos y brujas mejor, y de intentar minar la autoridad del Ministerio, Voldemort — respingos, muecas, hipidos, ABS, cierre centralizado, elevalunas eléctrico — está intentando reunir efectivos para la guerra que, seguro, espera que se declare cualquier día de estos.

— ¿Una guerra?

— Sí, pero eso no es en realidad lo más importante — dijo Dumbledore —. Nosotros — abarcó a los miembros de la Orden con un gesto — sabemos que, aunque la guerra se librará, y es probable que con muchas bajas de uno y otro lado, del resultado de esa guerra no depende en realidad quién acabe venciendo.

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Re: El libro en el que, por fin, Harry...

Mensaje por Ninotchka el Lun Jun 22, 2009 3:20 pm

Éste ha sido un poquito más largo... pero ya que me pongo, subo otro Very Happy


Spoiler:




— CAPÍTULO 4 —
Ay qué jodía la profecía






Zoe sintió como si sus pensamientos siguieran viajando en traslador.

— No entiendo...

— Hace poco más de dieciséis años — continuó Dumbledore con voz tétrica — fui a Hogsmeade a entrevistar a una aspirante a profesora de Adivinación para Hogwarts...

— ¡No, por Dios, otra vez el numerito del Pensadero no! — exclamaron a la vez la mitad de los magos y brujas reunidos en la habitación.

— Está bien, está bien... — Dumbledore se incorporó y miró directamente a Zoe —. Baste decir que sabemos cómo va a acabar todo esto. O, al menos, que sólo puede acabar de dos maneras.

— Albus...

— Ya sé lo que piensas, Minerva — dijo Dumbledore, subiendo el tono de voz —, pero créeme: tengo mis razones para querer que Celia se una a nosotros.

Zoe se quedó de piedra.

— ¿Unirme a vosotros? — balbuceó, algo normal si eres de piedra, claro —. Pero... Pero... ¿Qué pinto yo en todo esto?

— Eres una bruja poderosa — Dumbledore se encogió de hombros —. Y necesitamos a todos los magos poderosos que podamos encontrar.

Zoe abrió y cerró la boca como un pez fuera del agua, pero no dijo nada.

— Ahora mismo, Zoe — continuó Dumbledore —, la Orden tiene dos misiones fundamentales: por un lado, luchar para debilitar a Voldemort — respingos, hipidos, muecas —; por otro, y esto es muy importante, proteger a Harry Potter.

Zoe pensó que no iba a ser capaz de cerrar la boca de nuevo en su vida.

— ¿Harry Potter?

— Sí.

— Pero... ¿Qué demonios tiene que ver ese niño con toda esta historia? — exclamó Zoe —. Quiero decir... sé que mató... Bueno, que venció a Voldemort hace años, pero ¿qué tiene que ver ahora con esto? ¡Por el amor de Dios, no pensarás que un niño va a volver a vencer a Lord...!

— Ya no es un niño — intervino Lupin con voz sosegada —. Tiene dieciséis años, y ya ha visto de cerca la muerte en varias ocasiones. No pienses que se va a acojonar ante la responsabilidad que tiene: Voldemort no es suficiente para acojonarlo.

Ignorando la marea de gemidos, respingos, muecas, hipidos y carraspeos, Zoe negó con la cabeza.

— ¿Responsabilidad? — dijo, incrédula. Se volvió hacia Dumbledore —. ¿Me estás diciendo que tú, con todo tu poder, con toda tu sabiduría, con un ejército de magos respaldándote, dejas la victoria o la derrota en manos de un crío de dieciséis años?

— Estás hablando de mí, ¿sabes? — dijo una voz desde la puerta —. Podrías cortarte un pelo.

Una vez más, Zoe se volvió. Tanta vuelta y revuelta estaba a punto de ocasionarle una tortícolis permanente. Como era de esperar, en el quicio se apoyaba un muchacho alto, delgado y de revuelto cabello negro. La mirada de Zoe se dirigió directamente hacia la frente del chico: efectivamente, allí, brillando tenuemente, se distinguía con claridad una cicatriz en forma de rayo.

— ¿Harry Potter? — musitó.

— ¡Hola, Harry!

— ¡Te queremos, Harry!

YGS!!!

— ¡Harry for president!

Harry es nuestro dios olimpico!

— Esto no es un mítin electoral — dijo Dumbledore con severidad.

u.

— Harry, siéntate, por favor — añadió Dumbledore, echando una mirada de reprobación a un mago vestido con una faldita plisada de lino al que Zoe sólo había visto de perfil (pero que tenía un ojo muy grande, perfilado con Khol, justo en mitad de la mejilla).

— Supuse que cuando volviera a hablar de este tema me invitaría — dijo Harry fríamente, y se sentó entre Fred y George Weasley —. No imaginé que, después de ocultármelo a mí durante tanto tiempo, se dedicaría a contárselo a la primera bruja que llamase a la puerta.

— Ésta es Eugenia Celia Alejandra María de las Mercedes Ortega, Harry — dijo Dumbledore.

— Zoe — corrigió ésta, inclinándose para darle la mano a Harry —. Tú eres Harry Potter, supongo...

— Era fácil de adivinar — respondió éste irónicamente. Luego miró a su alrededor —. ¿Y bien? ¿De qué se habla? ¿Puedo participar...?

— Eres demasiado joven... — comenzó a decir Molly Weasley, pero sus propios hijos la interrumpieron.

— ¡Oh, vamos, mamá, otra vez con ese cuento! — exclamó Fred.

— Me temo que vas a seguir siendo un bebé hasta que tengas ochenta años, macho... — dijo George, dirigiéndose a Harry. Éste se encogió de hombros.

— ¡El hecho de que hayáis entrado en la Orden no quiere decir...!

— Basta, Molly — la cortó Lupin —. Ya hemos comprobado que es un error mantener a Harry al márgen — añadió, y Zoe pudo distinguir una clara nota de amargura en su voz —. Sobre todo en los temas que se refieren a él.

Molly Weasley se encrespó como una gallina que ve peligrar a sus polluelos.

— ¡Pretendes que ingrese en la Orden! — estalló, levantando un amenazador dedo hacia Lupin —. ¡Remus, es muy peligroso, ya sabes cómo es Harry...!

— ¿Y cómo soy? — se encrespó éste también.

— Precisamente porque sabemos cómo es Harry — intervino Dumbledore, y Molly volvió a sentarse, rabiosa —, y porque sabemos que, al final, adivinaría de qué hablamos — sonrió a Harry, pero éste no le devolvió la sonrisa —, creo que debemos contarle todo lo que sepamos de los planes de Voldemort — respingos, sollozos —. Por lo menos, de los planes que Voldemort — llanto, crujir de dientes — tenga para él.

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Re: El libro en el que, por fin, Harry...

Mensaje por Ninotchka el Lun Jun 22, 2009 3:21 pm

Spoiler:


Zoe lo miró, desconcertada.

— Mira, Wulfric... Dumbledore — dijo, dubitativa —. No sé de qué demonios estáis hablando, pero creo que...

— Están hablando de mí — intervino Harry, mirando fijamente a Zoe —. Es una mala costumbre que tienen, ¿sabes?, hablar de mí a mis espaldas. De mí y de lo que se supone que voy a tener que hacer.

— ¿De qué hablas?...

— ¿No lo sabes? — el muchacho soltó una risa amarga —. ¿Estás reunida con la Orden del Fénix y no lo sabes? —. Clavó sus verdes ojos en ella. Zoe se estremeció, sin saber por qué —. Es curioso... Pensé que toda la Orden conocía mi destino mucho antes que yo.

— Harry... — comenzó a decir Dumbledore, pero, increíblemente, según observó una aturdida Zoe, una sola mirada de los ojos del muchacho lo hizo callar.

— Ya que estás reunida con la Orden, y que Dumbledore te ha dado la bienvenida, Celia o como quiera que te llames...

— Zoe — dijo ésta en voz baja.

— ...supongo que tarde o temprano te enterarás de esto — continuó Harry, y Zoe casi pudo palpar la amargura que provenía del delgado cuerpo del joven —. De lo que hablan cuando hablan de mí es de cómo conseguir que yo mate a Voldemort antes de que él me mate a mí.

Curiosamente, en esta ocasión nadie reaccionó ante el nombre de Voldemort. En un primer momento, Zoe supuso que era porque los ojos de Harry se habían ido clavando alternativamente en todos y cada uno de los presentes. Y qué ojos... Zoe casi preferiría estar mirando a los ojos del propio Lord Voldemort antes que sostener la dura y fría mirada de ese muchacho durante más de un segundo.

Poco a poco, la frase que Harry acababa de pronunciar cobró sentido en su mente. Zoe abrió la boca, lo miró fijamente... Y la dureza de los ojos verdes sólo impactó en ella un instante; al momento siguiente, todavía fijos en ella, los ojos de Harry se llenaron de tristeza, y Zoe mantuvo la mirada fija en ellos, tratando de averiguar el motivo del inmenso dolor que ocultaban.

Harry bajó la mirada.

— Ya está bien — dijo Molly con firmeza —. Harry, quiero que salgas de aquí y que subas a ver si Ron y Hermione están...

— Molly — dijo Dumbledore en tono amenazador, y la señora Weasley enmudeció inmediatamente.

— ¿Estás... — dijo Zoe, y tuvo que tragar saliva para quitarse el nudo que se había formado en su garganta antes de continuar —, estás diciendo que tú... que tú eres quien va a matar a Voldemort?

Harry levantó los ojos hacia ella.

— Qué remedio me queda — dijo, y se encogió de hombros.

— ¡Dumbledore! — exclamó Zoe, furiosa, y se volvió hacia el anciano mago —. ¿Qué está diciendo? ¿Vas a enviarlo a enfrentarse con Voldemort? ¡Pero cómo eres capaz...!

— Zoe...

— ¡Vé tú mismo, maldito seas! ¡Siempre igual, siempre enviando a otra gente a morir en tu lugar, mientras tú permeneces seguro y calentito en tu despacho!

— ¡Eso no es cierto! — exclamó Minerva, pero Zoe estaba fuera de sí y la ignoró.

— En realidad — dijo Dumbledore con voz calmada —, en mi despacho no se está tan calentito. Hace años que pido a los elfos domésticos que echen más leña al fuego, pero...

— ¡Leña, una mierda! — gritó Zoe, y se apoyó contra la mesa. Ni siquiera se había dado cuenta de que estaba de pie —. ¡Por qué no puedes por una vez...!

Una mano se posó sobre su hombro.

Zoe se giró, furiosa, ignorando el pinchazo en la clavícula. Tras ella, mirándola con calma, estaba Harry Potter.

— No es Dumbledore quien me enviará — dijo el muchacho, esbozando una sonrisa tristona —. De hecho, ha intentado no enviarme a ninguna parte durante unos quince años, ¿no es cierto? — dijo en voz alta.

— Así es — respondió Dumbledore desde el otro extremo de la habitación.

Zoe se sentó, y Harry se apoyó contra el respaldo de su silla, obligándola a torcer el cuello para mirarlo. Definitivamente iba a necesitar ir a rehabilitación para arreglarse las vértebras.

— La cuestión es — continuó Harry en voz baja — que no hay más opciones: o me cargo yo a Voldemort, o me mata él a mí.

La mandíbula de Zoe estuvo a punto de desencajarse.

— Pero... ¿Qué dices?...

— Lo que oyes — Harry se encogió de hombros —. Parece ser que hay una profecía...

— Sí — intervino Dumbledore —. Hace dieciséis años fui a Hogsmeade a entrevistar a una aspirante...

— Oh, por favor...

— Otra vez no...

— Como saque el Pensadero me lo como.

— ¿Ya es la hora de la cena?

— Me sé la puñetera historia de memoria...

hqCOSU

— Quién la pillara...

— Creo que vas un poco atrasado en la conversación, ¿no?

— Sí, pero quién la pillara...

Harry carraspeó, y la habitación quedó instantaneamente en silencio. Después, volvió a dirigir la mirada hacia Zoe.

— Parece ser — continuó — que alguien hizo una profecía meses antes de que yo naciera. Una profecía que me incumbe, ya que hablaba de mi nacimiento y de que yo, según parece, soy el único que puede vencer a Voldemort.

Zoe abrió mucho los ojos.

— ¡Pero eso es ridículo...!

— ¡No subestimes el poder de la fuerza!

— Cállate, Mundungus, y vuelve a dormirte, anda.
— Ridículo o no — dijo Harry —, la profecía dice que uno de los dos, Voldemort o yo, tendrá que morir a manos del otro. Así que — sonrió irónicamente —, como puedes ver, más me vale ser yo el que acabe con él...

Zoe permaneció callada durante cerca de un minuto, mirando fijamente a Harry. Después, se volvió hacia Dumbledore.

— ¿Es cierto eso? — y, ante el leve gesto de asentimiento, continuó: — ¿Cuánta credibilidad se le puede dar a una profecía? Nunca me hablaste de ellas...

— Eso es porque no son una ciencia exacta, Zoe...

— Venga ya, hombre — Zoe hizo una mueca —. Ni que la magia fuera una ingeniería...

— ¿Una qué? — preguntó George, curioso.

— En otro momento — lo hizo callar Molly.

— ¿Y bien? — exigió Zoe, mirando a Dumbledore.

— Esta profecía es creíble, me temo — dijo él —. De hecho, fui yo quien la escuchó, y te aseguro que fue una profecía auténtica. Todavía tengo bajo mi protección a quien la hizo...

— ¿Quién?

— Bueno, es que fui a Hogsmeade...

— ¡Venga, hombre!

— Hay que joerse...

— ¡Que alguien lo calle!

— Vale, vale, está bien... — Dumbledore se encogió de hombros —. Es una de las profesoras de Adivinación de Hogwarts. Aquel día la contraté, y todavía hoy sigue allí, aunque la verdad es que no es muy buena... —. Frunció el ceño —. Ahora que lo pienso, hace tiempo mencioné que iba a subirle el sueldo... ¿No te lo dije, Harry?

Harry sonrió. — Sí, así es.

— Por lo menos debería subirle el incremento real del IPC...

— Albus — dijo Minerva MacGonagall —, ahora no.

— Está bien — Dumbledore volvió a encogerse de hombros —. Sólo espero que los sindicatos no se me echen encima...
— Si Hermione se entera, no hará falta — susurró Fred al oído de su hermano.

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Re: El libro en el que, por fin, Harry...

Mensaje por Ninotchka el Lun Jun 22, 2009 3:22 pm

Spoiler:


— El caso — continuó Dumbledore — es que tengo a Sybill Trelawney en Hogwarts por si a Voldemort se le ocurre pensar que ella puede recordar esa profecía... Bajo ciertas circunstancias.

— ¿Ciertas...?

— Se refiere a la tortura, cielo — susurró Molly dirigiéndose a Zoe.

— Ah.

Zoe miró hacia el techo. Su cerebro luchaba por asimilar tanta información. Ella, que sólo había tenido que memorizar en su vida el cursillo CCC de Fontanería Aplicada...

— ¿Y por qué querría Voldemort escuchar esa profecía? — preguntó finalmente —. Quiero decir, él tiene que conocerla, ¿no?

— ¿Por qué crees eso?

— Porque... Bueno, supuse que... — hizo un esfuerzo por organizar sus pensamientos y traducirlos en palabras coherentes —. Bien, porque Voldemort atacó a Harry cuando era un niño, ¿no?... Supongo que sería porque conocía esa profecía y quiso deshacerse de él cuando todavía no era una amenaza...

Harry sonrió, burlón. En los ojos de Dumbledore, sin embargo, brilló por un momento el orgullo.

— ¿Ves? — dijo, dirigiéndose a Minerva —. Es lista, es muy lista...

— Demasiado — refunfuñó Minerva. Ante la sorpresa de Zoe, el orgullo vaciló en la expresión de Dumbledore y se tornó en... ¿Temor?

Instantes después creyó haberlo imaginado, porque Dumbledore se volvió a mirarla y en su rostro sólo había tristeza.

— Voldemort no conoce toda la profecía — le aseguró —. Sólo una parte... De modo que cometió un error al querer matar a Harry hace quince años. Estuvo a punto de morir por ello, y no quiere volver a cometer el mismo error. De modo que, hasta que escuche la profecía entera, y siempre que no cometa muchas locuras, Harry está a salvo.

— Un momento — dijo Zoe. Acababa de percatarse de un detalle —. Si la profecía dice que Harry es el único que puede acabar con Voldemort, y que Harry matará a Voldemort, o al revés... ¿Cómo es que no murió ninguno de los dos cuando Voldemort atacó a Harry hace quince años?

— Buena pregunta — musitó Harry. Se apartó de la silla de Zoe y volvió hasta la suya propia, entre Fred y George.

— Suponemos — dijo Dumbledore al cabo de un instante — que Harry no podía morir porque lo protegía un hechizo de magia antigua...

— Mi madre — afirmó éste —. Ya sabes, la que murió justo antes.

— Y Voldemort había hecho muchos experimentos consigo mismo para evitar la muerte...

— Una cobaya con los ojos rojos.

— ¡Cállate, Fred!

— Vale, vale...

— En ese caso — dijo Zoe —, ninguno de los dos puede morir...

— No he dicho que ninguno de los dos pueda morir — dijo Dumbledore tajantemente —. Voldemort ha conseguido sortear la protección de la madre de Harry, así que la próxima vez puede matarlo, si apunta bien... Y Harry es el único que puede acabar con él, según la profecía, así que — se encogió de hombros —, supondremos que encontrará el modo.

— Eso o la palmo — añadió Harry irónicamente.

— O la palmamos todos — corrigió George.

— Esto me gusta — añadió Fred, enumerando con los dedos: — Esperanza, nula; probabilidades de éxito, una entre trosopocientasmil; posibilidades de acabar todos hechos tortilla, más o menos el 95%... — sonrió —. ¿A que mola?

— Gracias por darme ánimos, tío — dijo Harry con voz cansina.

— De nada, hombre.

— De modo que — dijo Zoe —, según esto, todos dependemos de Harry...

— Sí — suspiró el mago de la túnica negra —. Qué duro es nuestro destino...

— Cállate, Severus — dijo Lupin.

— Porque tú lo digas.

— Idiota.

— Rebota, rebota y en tu culo explota.

— ¡Silencio! — exclamó Dumbledore.

Se callaron.

Zoe dirigió una mirada dubitativa hacia Harry, y éste se la devolvió, con una sonrisa y un encogimiento de hombros.

— No te preocupes — dijo Lupin, dirigiéndose a Zoe —. Harry es capaz de conseguirlo.

— Harry lo conseguirá — dijo Dumbledore con firmeza —. Ya ha demostrado que puede enfrentarse a lo que haga falta.

— Sí, cuando hay alguien cerca que impida que Voldemort me haga papilla — añadió Harry.

— Para eso estamos nosotros, machote — dijo Fred, dándole una palmada en la espalda —. Tú deja que nos haga potito a nosotros, y luego destrózalo de nuestra parte.

Harry volvió a encogerse de hombros.

— El que Harry sea capaz de vencer a Voldemort — intervino Minerva — es cosa nuestra. Para eso le damos clase. Aprovecharemos el curso para enseñarle todo lo que necesite para enfrentarse a él.

Severus lanzó una exclamación de incredulidad.

— Mientras no me enseñe Snape... — dijo Harry.

— El profesor Snape, Harry.

— Vale, vale, ya lo he captado.

— No estoy dispuesto a enseñarte nada más en toda tu vida — dijo Severus con voz dura —. Ya te lo dije hace meses, Potter: no te quiero más en mi clase.

— Pues vas a tener que aceptarlo, Severus — dijo Dumbledore con firmeza —. Necesito a todos los miembros de la Orden, y a todos los miembros del profesorado, pendientes de que Harry no tenga ni una sola laguna en su formación. Y eso incluye las pociones, me temo.

Harry lanzó un suspiro resignado, mientras el rostro de Severus Snape se endurecía.

— ¿Voy a tener que seguir con la Oclumancia?

— No — contestó Dumbledore —. De eso me encargaré yo. Pero sí vas a tener que seguir enseñándole pociones.

— No creo que las pociones le sirvan de mucho delante de Quien—Vosotros—Sabéis... — intervino con voz vacilante la bruja del sombrero raro, la tal Hestia, que llevaba en la cabeza lo que parecía una omelette aux fines herbes puesta del revés.

— Lo que realmente le serviría es estudiar Defensa Contra...

— Harry va a ser un auror — dijo Minerva con rotundidad —. Y yo le he prometido encargarme de ello. Así que yo le enseñaré todo lo que le va a hacer falta para...

— Bueno, este año tendremos otro profesor de Defensa Contra las Artes Oscuras, Minerva — dijo Dumbledore —. Déjale algo a él...

— Auror. ¡Ja! — Snape soltó una carcajada.

— Será un auror excelente — espetó Minerva.

— Nadie lo duda — interrumpió Dumbledore.

— ¿Ves? — susurró Harry en dirección a Zoe —. Les encanta hablar de mí... Pueden pasarse horas discutiendo sobre si el grano que me ha salido es una alergia, una reacción ante un envenenamiento o simple acné juvenil...

— Vale, ya habéis conseguido que se le vuelva a subir a la cabeza — dijo Snape con voz burlona.

— ¡A mí no se me ha subido...!

— Creo que ya es suficiente — exclamó Molly, y se levantó de la silla —. No estamos aquí para discutir como niños pequeños, no, Harry, no iba por tí, sino para ver qué demonios hacemos con Bellatrix Lestrange.

Aquello calmó los ánimos un poco, aunque Zoe pudo comprobar que la animosidad entre algunos de los magos y brujas era palpable.

— Lo de Bellatrix era de esperar, Molly — dijo Dumbledore con voz tranquila —. Voldemort necesita información, y ahora que ya no puede acceder a la profecía busca información por otros cauces.

— Sí, pero ¿por qué Charlie?

— Porque, al estar en Rumania, era el miembro más desprotegido de la Orden — explicó Dumbledore —. No pretendía que Charlie le contase cómo acabar con Harry: sólo quería que Charlie guiase a Voldemort hasta el resto de nosotros... y hasta el mismo Harry —. Miró a Charlie con una sonrisa —. Me temo que tendrás que quedarte aquí por un tiempo... O, por lo menos, no volver a Rumania hasta dentro de unos meses.

— No hay problema — contestó éste, sonriendo ampliamente —. Puedo pedir que me trasladen a Noruega...

— Abrígate, entonces — dijo burlonamente Fred.

— Por lo menos en Noruega no habrá vampiros — dijo George —. Los Cárpatos están hasta arriba...

— Sí, pero igual le atacan los esquimales.

— En Noruega no hay esquimales.

— Pues los fiordos.

— Fred — dijo George —, ¿qué demonios piensas que son los fiordos?

— Pues... No sé, pero seguro que tienen muchos dientes, ¿no?...

— ¿No podrías quedarte en Londres? — preguntó Arthur Weasley —. Me gustaría tener por una vez a todos mis hijos en el mismo lugar, para variar...

— Por poco tiempo, porque Ron y Ginny se van a Hogwarts dentro de un par de semanas — dijo Molly.

— Sí, y me sé de otro que no va a aparecer por aquí hasta que las orejas le vuelvan a su color habitual — añadió George.

— Y a su tamaño — dijo Fred.

— ¿Tamaño...? — preguntó la señora Weasley, confusa.

— Sí — dijo Fred —. ¿No te lo hemos contado? Nos lo encontramos un día en el Callejón Diagon, y...
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Re: El libro en el que, por fin, Harry...

Mensaje por Ninotchka el Lun Jun 22, 2009 3:23 pm

Spoiler:


— Vale, ya es suficiente — terció Lupin, cortándolo en seco —. Así que Charlie va a pedir el traslado a otro país, o a Londres...

— Lo veo difícil — admitió Charlie —. Aquí en Gran Bretaña no hay criaderos de dragones... Pero en fin, siempre puedo cambiar de profesión...

— Hazte un máster — dijo George, intentando ayudar.

— O un curso CCC — añadió Fred.

— Sí, de guitarra española — dijo George.

— O de fontanería — dijo Fred.

Zoe frunció el ceño. — ¿Qué tienen de malo los cursos CCC de fontanería? Yo hice uno y tengo un trabajo estupendo... Por cierto — añadió, sobresaltada, y miró su reloj de pulsera —. Debería irme ya, mañana tengo que madrugar para ir a revisar la instalación de...

— ¿Irte? — preguntó Lupin —. ¿A dónde?

— Pues... A mi país, claro...

— ¡Pero si estabas de vacaciones! — exclamó Charlie, contrariado.

— Sí — admitió Zoe —. Pero estaba buscando la mejor manera de librarme de mi guía muggle daltónico para desaparecerme y volver a casa. El problema era que no me dejaba ni a sol ni a sombra, y ya estaba a punto de echarle un hechizo mutador para que me dejase en paz...

— Me temo — intervino Dumbledore — que no vas a poder volver a España por el momento, Celia.

Zoe lo miró con los ojos desorbitados.

— Pero ¿qué dices? — exclamó —. Tengo que irme, tengo trabajo que hacer y...

— Pues vas a dejar ese trabajo — dijo Dumbledore terminantemente —. Lo siento, pero ahora que lo sabes casi todo sobre nosotros no podemos arriesgarnos a que los mortífagos te sigan la pista y te encuentren.

Zoe se encrespó.

— Supongo — dijo fríamente — que seré capaz de defenderme yo solita...

— No lo dudo — dijo Dumbledore —. Pero preferiría que no te pusieras en peligro, y que no nos pusieras en peligro a nosotros —. Se levantó, y fue hacia ella —. Te estoy ofreciendo que te unas a la Orden del Fénix, Celia.

— Zoe — dijo ésta.

— Zoe. Me gustaría que te quedases con nosotros. Realmente, nos vendría muy bien tener a una bruja como tú...

— Albus — interrumpió Minerva MacGonagall, con la incredulidad tallada en su rostro —. ¿Crees que...?

— Sí, Minerva, te aseguro que Celia nos vendría muy bien — afirmó Dumbledore —. Bien, ¿qué contestas?

— Pero... — dijo Zoe, dubitativa —. Tengo que ganarme la vida, no puedo quedarme en Inglaterra así como así...

— No te preocupes por eso — dijo Molly bondadosamente —. Aquí ya somos muchos, una boca más no se va a notar...

Zoe miró a su alrededor, pensativa. No le había pasado por alto el hecho de que muchos de los magos que se aglomeraban a su alrededor, y en concreto los pertenecientes a la familia Weasley, no eran precisamente ricos.

— No quisiera abusar de su hospitalidad, señora Weasley...

— Molly, querida. Y no abusarías de mi hospitalidad — sonrió —. Esta casa no es mía. Yo me limito a cuidar de ella mientras su propietario no está.

— ¿Y quién es...?

Harry soltó una carcajada amarga.

— La casa es mía. Los Weasley y Lupin se hacen cargo de ella porque yo me paso la mayor parte del tiempo en Hogwarts, o en Little Whinging, y todavía soy menor de edad... Y porque me gusta que estén aquí — añadió, sonriendo a la señora Weasley —. Nunca había tenido una casa, y seguro que si intento llevarla yo solo se me acabaría cayendo encima.

— Y te aburrirías mucho más — dijo Fred.

— Eso también — admitió Harry.

Zoe no dijo nada. Realmente, iba a necesitar una buena noche de sueño para asumir toda aquella información. Y tendría que llamar a sus padres para decirles que se quedaba en Inglaterra... Bien, eso podía esperar al día siguiente, porque hacía un mes que sus padres no sabían nada de ella y un día más no iba a significar mucha diferencia. Al día siguiente buscaría un teléfono público para hacerles una llamada a cobro revertido (la batería de su movil hacía mucho tiempo que había dejado de funcionar... Quizá por algún rechazo a las vibraciones mágicas de todo el entorno, o por un problema con la cobertura en el extranjero... O, más probablemente, porque se había dejado el cargador en España).

Pero no se le ocurrió rechazar la oferta de aquel extraño grupo de magos. Hacía tanto tiempo que no veía a uno que casi se le había olvidado que ella misma era una bruja. Y no soportaba quedarse al margen de nada, y mucho menos no tener ni idea de lo que ocurría a su alrededor... Así que se autoconvenció de que debía quedarse con ellos, qué demonios, si han dicho que me necesitan... Siempre podía largarse más adelante si la cosa no le gustaba, o si se ponía muy fea.

— Quédate — dijo Harry, y se encogió de hombros —. Cuantos más seamos, más divertidas serán las fiestas de Navidad...

— Sí, y más regalos tendremos — añadió George con cara de ansiedad consumista.




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Re: El libro en el que, por fin, Harry...

Mensaje por Rhayma el Jue Jun 25, 2009 12:44 am

Dumbledore a.ka Jackie Chan?
He terminado el tercero y es desternillante!!





How many eyes does Lord Bloodraven have? the riddle ran. A thousand eyes, and one.

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Dr.W- So I'm basically filling in for your skull? scratch SH-Relax, you're doing fine. lol!

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Re: El libro en el que, por fin, Harry...

Mensaje por Ninotchka el Jue Jun 25, 2009 3:14 pm

Asias vergonzoso

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Acabé el pimer capítulo del relato

Mensaje por Darth Syrio el Mar Jul 28, 2009 12:08 am

He leído el primer capítulo. Tiene unos cuantos puntos muy graciosos. Very Happy En especial, me quedo con la presentación entre Zoe y Charlie Wesley. "Cuido dragones", "cuido de no encontrarme con dragones". Hay otros puntos que me han recordado a Terry Pratchett, el maestro a la hora de insertar detalles graciosos. bravo Ése es el punto fuerte del primer capítulo. :cool: Espero que siga potenciándose en los próximos capis. Wink

Sin embargo, la parte española me ha dejado un regustillo un poquitín... malo. Rolling Eyes Me explico: me parece muy tópico tirar del 'spanish is different'. ¿Por qué los magos españoles no pueden ser como los otros? Evil or Very Mad ¿No podemos tener Ministerio ni Escuela? Rolling Eyes :!:

Cuando tenga tiempo, continuaré con los siguientes. O con el sexto libro alternativo de Harry Potter. potter flying No voy a dar pie con bola con tanta lectura pendiente. Very Happy

Un saludo

PD: Sólo he leído tres libros de Harry Potter, aunque he visto las seis películas, y he sido capaz de reconocer a Charlie Weasley. cheers Para mí es un logro. burlarse El personaje tiene poco protagonismo, algo imperdonable siendo un Weasley. Suspect




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Re: El libro en el que, por fin, Harry...

Mensaje por Ninotchka el Mar Jul 28, 2009 12:16 am

El séptimo, Sy, el séptimo... no te comas más spoilers de los imprescindibles Very Happy

Muchas gasias a ver si me animo a actualizar un día de estos, que estoy más perracaaaaaaa
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Re: El libro en el que, por fin, Harry...

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