El Misterio de los Cluteworth

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El Misterio de los Cluteworth

Mensaje por Lady Gibberne el Miér Jun 10, 2009 8:57 pm

No sé si le interesará esto a alguien por aquí... Pero ya que estamos, me gustaría colgar un fanfic que llevo escribiendo desde 2004 nada menos, inspirado en el joven Sherlock Holmes, el de la peli "El Secreto de la Pirámide".

Espero que os guste. La verdad es que se ha ganado sus fans con el tiempo (no es para tanto, la verdad, aunque sí le tengo mucho cariño). Y no hace ni falta haber visto la película, ya me enrolló como una persiana contando cosas de ella Very Happy Very Happy Very Happy



Spoiler:
I Sombras en una noche lluviosa

Hacía mucho frío...La niebla flotaba a ras de suelo, como un denso humo pesado y sofocante. Cuando uno la miraba se
sentía perdido, desamparado, como si penetrar en ella supusiera perderlo todo, lo visible y lo invisible.Una escarcha brillante cubría la superficie del agua casi por entero; en algunas zonas, el hielo ya se derretía, y dejaba entrever un agua helada, una trampa mortal para los pobres incautos que se aventurasen por aquel embarcadero semiabandonado a esas horas de la noche.El frío era cada vez más intenso, más insoportable...Un joven alto y delgado, que llevaba una larga levita y un gabán parduzco, estaba en pie en el embarcadero; la pasarela de madera crujía debajo de sus pies, calzados con unos negros y finos botines de charol. En el rostro brillaban unos ojos tristes y perdidos, pero penetrantes, que parecían capaces de ver a través de la espesa niebla. En medio de ellos resaltaba una nariz tosca y aguileña, que dotaba al rostro de una expresión tan elegante como imponente. Un pelo castaño claro, rizado y espeso, cubierto de finos copos de escarcha, se revolvía con el viento. Estaba inmóvil como una estatua altiva y distante; la escarcha y el frío ya eran tan intensos que todo su cuerpo tiritaba, y sin embargo, no podía moverse de allí...

Su mano izquierda se cerraba fuertemente en torno a una espada de esgrima. Seguía inmóvil, solo sus labios temblaban; nubes de vapor salían regularmente de ellos y se condensaban en el aire, mezclándose con la niebla.Él había muerto, se había hundido. ¿Entonces por qué seguía allí inmóvil, contemplando el hielo y el agua, con una extraña sensación de inquietud latiendo en su corazón? Tenía que volver, adonde sus amigos le aguardaban y donde esperaban verle salir victorioso del enfrentamiento. Ella iba a morir... Podía notarlo, estremecido por el temor; ella iba a irse para siempre...Y entonces, una mano, en cuyo dedo medio portaba un enorme anillo, surgió del hielo y le agarró por el tobillo.

− ¡¡¡NO!

El grito fue acallado por un feroz chapoteo cuando el joven se zambulló en el agua helada. El súbito contacto con una temperatura tan extrema le nubló la mente durante unos instantes que parecieron eternos. Algo estaba tirándole de la pierna con enorme fuerza, como si intentara hundirle. Desesperado por mantenerse a flote, se agarró al bloque de hielo y tomó una gran bocanada de aire. Ya no aguantaría mucho más. El frío tacto del hielo le ardía en las manos; el dolor era insoportable. Y quedándose muy quieto, escuchó... ¿De quién era esa risa fría, llena de maldad, que le helaba el corazón más aún que el agua y el hielo? Y cogido por sorpresa, como si ese fuera el momento que quien quiera que intentara matarle estaba esperando, fue arrastrado al interior del agua con un tirón brusco y rápido; gritaba pidiendo
ayuda, hasta quedarse sin aliento, se hundía, y nada podía hacer para remediarlo... Entonces, entre brumas de agua helada, alcanzó a ver algo en la superficie. Una figura altiva y familiar, con una levita negra y un gabán idénticos a los que él llevaba puestos; era la misma que le estaba empujando, que tiraba de él hacia el fondo y hacia la muerte, ¿cómo era posible? Muy a lo lejos, oyó una voz muy lejana, una mujer joven que le llamaba. "¡Holmes!... ¡Holmes!"… y entonces la voz se esfumó de repente, como segada por el más profundo de los silencios. Era ella, ella iba a morir... y él no podía evitarlo. Se hundía sin remedio. El individuo le sonrió con malicia.

― Se acabó el juego, Holmes...

Y el hielo se cerraba a su alrededor mientras la malévola risotada resonaba en el vacío...

― ¡¡NOO! ¡¡CÁLLATE!

Fue como si le arrancaran brusca y dolorosamente de su propio cuerpo. Desorientado, miró a su alrededor con ojos asustados. Noestaba en un embarcadero, rodeado de agua helada y de maderas que se resquebrajaban. Estaba en una pequeña alcoba, sentado en una cama revuelta, y aquel último grito había salido realmente de su boca. Había sido un sueño muy vivido. Quizá mucho más que las otras veces. Todavía tiritaba y se sentía tan frío y empapado como si
estuviera aún luchando por salir a la superficie.La habitación estaba en penumbra, pero un leve resplandor venía de un lado de la cama. La vela aún estaba encendida y la cera derretida ya había manchado la mesilla. Supuso entonces que
debió de caer dormido enseguida, y que por eso se olvidó de apagarla. Eso también explicaría por qué llevaba aún la corbata puesta. Con la respiración todavía muy agitada, se dejó caer en la cama.Esa era la quinta noche que Sherlock Holmes se alojaba allí, en una pequeña posada cercano al centro de Londres, y la primera de las cinco que tenía esa pesadilla. Durante meses la había estado soportando casi cada noche, despertando en medio del más aterrador de los silencios en los dormitorios de su nuevo colegio. Últimamente ya solo la tenía de forma esporádica; había llegado a la conclusión de que la mejor manera de evitar soñar era estar extenuado, y por eso se dedicaba a una frenética actividad. Pero esa noche era diferente, y el sabía por qué. Esa noche, muchos recuerdos habían vuelto. Se incorporó y alargó la mano hacia la mesilla, y cogió la carta que Watson le había mandado. John Watson, su amigo. Una sonrisa triste pasó brevemente por sus labios. Recordó muchas cosas. Y durante largo rato miró la carta, pensativo.Él le había mandado una hacía unos meses, apenas llegó a su nuevo colegio. Pero hasta ese momento, no le había contestado. Encendió levemente la luz de la lámpara y la leyó por segunda vez en ese día:


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Re: El Misterio de los Cluteworth

Mensaje por Lady Gibberne el Miér Jun 10, 2009 8:58 pm

Spoiler:
Querido Holmes:

¿Cómo te va todo? Espero que muy bien. Recibí tu carta hace mucho, pero me temo que hasta ahora no he podido contestar. Me alegro mucho de que te guste tu nuevo colegio. Tengo entendido que no tiene nada que envidiar a Brompton, o al menos eso me han dicho… Si te sirve de consuelo, mis padres casi me mandan allí. Seguro que al menos no habrá gente como Dudley… Está tan repugnante como siempre. Se cree el rey de todo ahora que tú no estás... No para de hablar de ti, aunque para nada bueno. Tampoco me preocupa mucho, prefiero dejar que se enorgullezca él solo. Sé que tú estás por encima de esas cosas.

Por aquí todo siguió igual tras tu marcha. Los primeros días hubo un enorme revuelo, claro está, con lo que pasó con Rathe. Casi nadie en la escuela se lo creía. En especial los profesores… cómo se ponen con este tipo de escándalos… Así que supongo que se puede decir que todo volvió a la normalidad… Las clases de química siguen tan aburridas como siempre. Al profesor cada vez se le entiende menos. Un día de estos se va a quedar dormido encima del compuesto de potasio…

¡Ah! Casi lo olvido… Las vacaciones de Navidad. Me alegra ver que pasaste una Navidad tranquila… aunque hubiera muchas cosas que te oprimieran el corazón. Lo siento mucho, querido amigo. La verdad es que para mí el colegio también es un hervidero de recuerdos. A veces sueño con ello. Pero ya hace muchas semanas que no me pasa. Por mi casa todo fue bien. Al principio mi padre puso el grito en el cielo, pero enseguida se le pasó. Después de todo no me expulsaron… Ya que tampoco fue culpa mía. Eso sí, quedó impresionado cuando le hablé de ti. Le encantaría
conocerte algún día.

Tengo muchas ganas de verte. Según me dijiste quizá te alojarás en la posada que hay a las afueras de Bloomsbury, al terminar el verano, ¿no es cierto? ¿Luego qué harás? ¿Eso que me dijiste de pasar el verano en el centro, para seguir estudiando? Yo aún no sé qué haré. Supongo que lo pasaré en casa, aunque algo me dice que este año podré viajar solo por la ciudad. Quizá me aloje en algún sitio…

Ahora tengo que dejarte, el cochero espera. Mandaré la carta desde que pase delante de la oficina de correos que hay aquí cerca del colegio. Confío en que puedas ir a recogerla a la oficina postal de Bloomsbury en la fecha indicada. ¡Espero que no se demore demasiado!

Atentamente,

tu amigo Watson.


El joven suspiró. Los hechos se agolpaban en su confuso cerebro. En realidad habían pasado varios meses, y sin embargo parecían años, años que hubieran pasado con una rapidez más propia de los días, o incluso de las horas.

Hasta el comienzo de las vacaciones hacía apenas una semana, había vivido y estudiado en un colegio interno muy popular en Oxford, al que volvería sin duda en el mes de septiembre. Sin embargo y por mucho que le pesara, no podía compararse a su antiguo colegio, Brompton. En ese colegio tenía prestigio y todo tipo de posibilidades. Allí fue donde conoció a John Watson, un muchacho en principio tímido, pero dispuesto, más preocupado por su futuro como médico y por su permanencia en el colegio que por otra cosa. Brompton se había convertido en un hogar para Holmes, hasta que un día ocurrió algo que hizo que le expulsaran, una simple demostración de envidia y odio juvenil.

Antes de todo esto, sus compañeros de Brompton disfrutaban viéndole resolver problemas, y muchas veces, preparaban un caso para él, que siempre lograba resolver con maestría. Hasta al personal docente le encantaba verle. Especialmente al señor Rathe, un admirado profesor que impartía, entre otras cosas, clases de esgrima con gran maestría. Durante los largos meses que Holmes estuvo allí, se habían profesado una gran admiración mutua. No hacía falta ser un gran detective para darse cuenta de que sin duda, Holmes era el alumno favorito del señor Rathe. Cómo le costaba aún creerlo. Pues él era la persona que esa y tantas otras noches en sus sueños, y meses atrás en la realidad, había intentado matarle.

Watson y él habían desenmascarado una extraña ola de crímenes perpetuados por una peligrosa secta egipcia, comandado por el señor Rathe, cuyo nombre en realidad, era Ehtar. Sin duda una historia increíble, propia de una novela de detectives, pero que había sido real.

Volvió a su mente el sueño, con más fuerza que antes. En ese mismo embarcadero, hacía ya seis meses, habían luchado y le había derrotado; se había hundido en el hielo, había desaparecido, muerto. Pero para ello, se sacrificó
la vida de una de las pocas personas que había amado.

Elizabeth.

Creyó que marchándose, todo quedaría atrás. El recuerdo, el dolor; no aún la satisfacción del trabajo bien hecho. Sin embargo, ese sueño se le repetía, constantemente, casi cada noche, desde que se había marchado. Pero esta vez él también había caído al agua helada, quedando atrapado bajo el hielo, arrastrado por la mano del enemigo.

Soltó un bufido de disgusto y se levantó de la cama; las tablas de madera crujieron. Con parsimonia se acercó hacia la ventana. Fuera, llovía con tanta fuerza que el agua formaba cascadas en los cristales. En la penumbra y a la tenue luz de las farolas, solo se escuchaban los cascos de los caballos golpeando el suelo de piedra encharcado, y las ordenes de los cocheros a voz en grito, que eran acompañadas por los suaves relinchos de protesta de los animales. Sus ojos entrecerrados se esforzaban por intentar vislumbrar algo allá afuera, en medio de la cortina de agua que empañaba los cristales y dibujaba formas confusas.

Un relámpago centelleó, y entonces, lo vio. Creyó que había sido una alucinación, una sombra del sueño aún presente. Él, estaba allí, en pie sobre la acera, una figura arrogante apoyada en su bastón.

Rathe.

El corazón le dio tal vuelco que casi se le subió a la garganta. Lleno de sobresalto, se apartó de la ventana y precipitado y sin tiempo de ponerse el abrigo para protegerse de la lluvia, corrió escaleras abajo y salió de la posada ante la desconcertada mirada de la dueña, quien pegó un grito al verle salir de repente. Estalló otro relámpago en el mismo momento en que salía a la calle, sintiendo el cortante frío y el agua que caía con tanta fuerza que estuvo empapado antes incluso de poner un pie en la carretera. Sus ojos se posaron en el hombre, que seguía inmóvil en el mismo sitio; un coche pasó justo delante durante un momento.

― ¡¡Eh! ¡¡Espere! ―gritó Holmes esquivando el coche.

El hombre alto de la levita negra y el gabán parduzco a cuadros le miró un instante, como extrañado, y entonces se dio
la vuelta, como si, o eso le pareció al excitado joven, intentase huir.

― ¡¡Alto! ¡¡Ehtar!

Holmes echó a correr. Todo ocurrió muy deprisa: un carruaje dobló la esquina en el mismo momento en que el joven cruzaba la calle. El cochero, espantado, intentó frenar a los animales, que ante la brusca reacción de su guía se
encabritaron y resoplaron enfurecidos.

― ¡¡CUIDADO!

Holmes oyó la voz de advertencia en medio del estruendo demasiado tarde. Solo pudo ver como los caballos se le echaban encima justo antes de sentir un golpe violento y que todo quedara a oscuras... Entonces sintió que estaba boca abajo en el suelo, con las manos protegiéndose la cabeza, y que tenía los ojos fuertemente cerrados. Se había apartado y tirado al suelo justo a tiempo, aunque el golpe contra el adoquinado de piedra le había lastimado una rodilla. Toda su ropa estaba empapada. Oyó gritar al cochero con gran enfado.

― ¡Oiga joven! ¿Se ha vuelto loco? ―el cochero bajó resoplando del carro y se acercaba a él, mientras los caballos aún relinchaban con nerviosismo.

Temblando de pies a cabeza, pero sin un rastro de pánico en su expresión, Holmes se levantó, intentando ignorar los
fuertes golpes que el corazón le daba contra el pecho. Notaba un dolor sordo y pulsante en la rodilla, pero no miró.

― Yo... lo siento ―balbuceó, aun sin saber muy a bien a quien se dirigía, pues su pensamiento estaba fijo todavía en el hombre del gabán a cuadros, y sus ojos, nerviosos, no se apartaban de la acera de enfrente.

― ¿Se encuentra bien?

Pero Holmes no le escuchaba. Pudo ver parte de un largo faldón que ya desaparecía por una esquina, y salió corriendo
dejando al cochero con un palmo de narices.

― ¡Oiga, joven! ¡Vuelva aquí!

Holmes perseguía por las calles oscuras y desiertas al hombre del largo abrigo, que bajo la lluvia y en la cada vez más
creciente oscuridad, era como una sombra alargada. Corría sin detenerse, y sus fuertes pisadas hacían salpicar el agua
encharcada de la calzada.

― ¡¡Deténgase! ¡¡Alto!

El hombre dobló una esquina y se le perdió de vista. Holmes se detuvo un instante, condensándose su aliento en el
aire como nubes unos momentos, y luego emprendió la carrera con más énfasis si cabe; cruzó la esquina, y entonces, por fin, le dio alcance. De un brusco tirón, con el rostro tenso por la excitación y la respiración contenida, le giró hacia sí. Y ante él no vio el rostro soberbio y enjuto de su enemigo, sino uno completamente desconocido que le miraba con gran desconcierto.

― ¿Qué demonios ocurre, joven? ―dijo el hombre con irritación.

Holmes soltó el aire que había contenido con un suspiro trémulo. Apartó poco a poco las manos, que temblaban con vehemencia, de los hombros de aquel desconocido. Negaba con la cabeza, desconcertado, como si se lamentara a la vez que intentara disculparse.

― No... Disculpe, señor. Me he confundido… ―mientras hablaba entre jadeos, retrocedía lentamente― Lo siento
muchísimo.

― No se preocupe, joven... ―respondió el hombre con voz amable, pero aún desconcertado, y tras colocarse mejor el sombrero y dedicarle una sonrisa, siguió su camino− ¡Llego tarde!

Todavía con la respiración alterada por la carrera, el muchacho perdió la mirada en el suelo mojado. El pulso le latía en los oídos como fuertes martillazos, y se sentía mareado. Su cara dibujaba la más profunda decepción, pero a la vez, la
resignación. ¿Cómo podría haber creído que Rathe estaba vivo? Él mismo le vio morir bajo el hielo, hundido en las heladas aguas que ahora solo veía en sueños.

Pero aún así se sentía inquieto en cuanto a todo ese asunto. Era como un extraño instinto, primitivo y salvaje, que le decía que su enemigo estaba vivo en alguna parte. Bajo una lluvia que no parecía tener intención de amainar, cojeando y calado hasta los huesos, Holmes se dispuso a regresar. Como si las magulladuras hubieran estado esperando el momento oportuno, ahora todo el cuerpo le dolía a causa de la caída.

― ¡Eh, joven!

Levantó la vista. Caminando mientras se perdía en sus pensamientos, había llegado ya a la calle donde empezó todo. El
cochero que casi lo había atropellado aún estaba allí, y le miró entornando los ojos y colocándose el sombrero, como viendo a través de la cortina de agua y la oscuridad.

― ¡Ah, sabía que se había hecho daño... ―negó con impaciencia― ¿por qué ha salido corriendo?

Entonces la puerta del vehículo se abrió. Una mujer de sencillos y elegantes ropajes bajó con cuidado, protegiéndose con un paraguas. Entre la lluvia y a la tímida luz de las farolas, Holmes apenas pudo distinguir un pelo rojizo claro bajo un sombrero grande y ancho.

− ¿Se encuentra bien, joven? − preguntó.

Holmes soltó un resoplido, como quitándole importancia.

− Claro, no se preocupen, es solo un rasguño...

Intentó dar unos pasos, pero pronto se agarró la rodilla con un gesto de dolor. Sintió un tacto cálido en su mano, y dejó escapar un bufido de fastidio cuando al mirarla la vio manchada de sangre. El pantalón estaba roto y dejaba entrever una herida muy aparatosa, aunque no parecía grave. La señora joven hizo un gesto de desaprobación.

− No diga eso. Está sangrando... Si apenas puede andar... Cochero, por favor, traiga mi equipaje y discúlpeme... Acompañaré a este joven a la posada. Espérenos aquí, si así lo desea, o entre con nosotros si puede poner a buen recaudo su vehículo.

− Muchas gracias, señora, sin duda prefiero lo segundo.

Mientras el cochero se subía al carromato para apartarlo de la circulación, Holmes y la señora entraron a la posada, limpiándose como pudieron los pies en la entrada. Al verlos, la posadera puso la misma cara de espanto que cuando su ahora empapado huésped había salido corriendo.

− ¡Señor! ¿Se encuentra bien? Está empapado... −reparó en su pierna y contuvo una exclamación− Y está herido... ¿qué ha pasado ahí afuera?

La mujer joven fue quien habló, mientras el cochero entraba con el equipaje y cerraba la puerta. Era alta y delgada, de rostro pensativo y solemne, dotado de una gran belleza. Llevaba un vestido azul claro, sencillo pero muy elegante. Se había quitado el sombrero y su pelo, de un castaño rojizo, estaba recogido en un elegante moño. Parecía muy autoritaria y resuelta, pero su suave voz rebosaba amabilidad.

− Tranquila, señora. Me temo que hemos tenido un pequeño accidente. No es grave, pero preferimos asegurarnos de que está bien... Por favor, tráiganos lo necesario para limpiar y curar la herida. Estaremos en la salita. Y ya es muy tarde... −hizo una mueca, y luego sonrió− Si no es molestia, desearía alojamiento también, por favor, por esta noche.

− Por supuesto, señora ―dijo la posadera−. La habitación de arriba está libre y la acabo de acomodar, le mostraré dónde está.

− Y yo le llevaré las maletas, señora −dijo el cochero mientras las levantaba del suelo.

Los tres desaparecieron escaleras arriba. Pronto, la posadera llegó sola con un grueso bulto de ropa entre los brazos y se dirigió al joven Holmes, sentado en el sofá de la sala, empapado y calado hasta los huesos. Se sentía mareado, y notaba el cuerpo estremecido por un desagradable frío. Pero no era eso lo que más le preocupaba, sino esa frenética persecución. ¿Cómo iba Rathe a estar vivo? ¿Cómo podría hacer creído eso? Estaba tan ensimismado en estos pensamientos que no se percató de la presencia de la bondadosa posadera hasta que la tuvo delante.

− El agua se está calentando −anunció−. Pero antes debe quitarse toda esa ropa, señor, o va a coger una pulmonía. Tenga esto −le acercó una bata y una gruesa manta de lana−. Quítese esa ropa empapada, vamos...

La posadera le ayudó a desvestirse y llevó la ropa empapada a la lavandería. Luego apareció con un desinfectante, un pequeño barreño de agua caliente y unos paños limpios. Holmes ya se había puesto la ropa seca y estaba sentado en el sillón, cabizbajo y aún con aire pensativo, al lado del reconfortante fuego de la chimenea. El desagradable frío ya se le había pasado, y poco a poco su cuerpo entraba en calor. La pierna le dolía, pero no le prestaba atención. En ese instante, la mujer joven y el cochero bajaron.

− ¿Mucho mejor ahora? ―dijo la mujer con una sonrisa, dirigiéndose hacia el muchacho. Luego hizo un gesto grave y se
agachó junto a él− Déjeme que vea esa herida...

− Oh, en serio, no se moleste, yo mismo... −empezó a decir el joven.

- Vamos −le interrumpió ella−, sólo será un momento.


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Re: El Misterio de los Cluteworth

Mensaje por Lady Gibberne el Miér Jun 10, 2009 8:58 pm

Spoiler:
La mujer empapó uno de los paños en el agua y limpió la herida con suavidad; no era profunda, pero sangraba profusamente. Luego empapó una gasa en el desinfectante y lo pasó por encima con el mismo cuidado. El joven sintió un dolor ardiente y acerado que pareció recorrerle toda la pierna. Conteniendo un gemido de dolor, se echó hacia atrás en el sofá, mareado, con los labios fuertemente apretados. Un sudor frío le empapaba la frente.

− Ya... sé que duele... −dijo ella con voz suave− Tranquilo, ya casi está... Señora −dijo luego dirigiéndose a la posadera−―, ¿tiene algo para vendarla?

La posadera asintió y fue a buscar unas vendas a un cuarto cercano. La mujer vendó la herida, con mucha delicadeza, pero con la premura y destreza de una profesional.

− Listo. No creo que tenga más problemas con esa herida −dijo al terminar.

Holmes respiró profundamente y abrió los ojos, pasado ya el desagradable vértigo.

− Muchas gracias ―dijo con una sonrisa agradecida; la rodilla le latía sordamente, pero era soportable−. Ya ni siquiera
duele. Sería usted una enfermera excelente.

− Oh, de nada, joven ―dijo ella humildemente−. Estoy acostumbrada a esto. Mi marido... era muy propenso a este tipo de heridas.

La mujer calló de repente y se apartó. En su bello rostro se había dibujado una expresión muy triste. Bajó la mirada,
hacia el pequeño bolsito que aún llevaba colgado de la muñeca, y por un leve instante lo sostuvo, como si se aferrara
a algún recuerdo doloroso.

− Lo siento −dijo el joven Holmes.

− ¿Por qué? ¿El qué siente? −dijo ella, mirándole extrañada.

− Lo de su marido.

La mujer se quedó boquiabierta.

− ¿Cómo sabe...?

− Lo que lleva en el índice es sin duda un anillo de compromiso. Su cochero, además, la trata como señora, y usted es
aún bastante joven. No es difícil intuir por tanto que está usted casada, o que al menos, lo ha estado. Además, usted misma me lo ha confirmado, hablándome luego de él. Y ese bolso de mano... Se ha aferrado a él apenas nombró a su marido, por lo que pienso que es también un regalo suyo. Del señor Cluteworth.

La mujer contuvo un grito y se llevó las manos al pecho. Al cochero casi se le cae de la boca la pipa que estaba encendiendo. Incluso la posadera le miraba estupefacta.

− Pero... ¿cómo sabe... que ese es el nombre de mi marido? ―balbuceó la mujer.

− Por su maleta, pude leerlo fugazmente antes de que las subieran −prosiguió Holmes−. Pone A. Cluteworth. Imagino que será el nombre de su marido, porque el suyo empieza por D, tal como pone ese bolsito de mano: D. Cluteworth. Precioso bordado, por cierto. ¿Lo ha hecho usted? − añadió con una sonrisa, señalando unas letras doradas que tenía
el bolso en su parte superior y que rezaban "D. C.".

La mujer intentó decir algo, pero la evidente sorpresa que sentía le impidió articular palabra, y simplemente asintió con la cabeza y se sentó en el sofá.

− Además... Sus ojos... −continuó el joven− Parecieron nublarse cuando le nombró antes. Como si le hubiese perdido y le echase mucho de menos. Si estuvieran separados probablemente no llevaría ese anillo. Así que imaginé que es usted viuda. Y bastante reciente −concluyó−. Lo siento.

− Oh... no −dijo ella, nerviosa, bajando la cabeza−. No ha muerto... Al menos eso creo... Solo está... Bueno. No me gusta hablar de eso −guardó silencio un momento, y luego levantó la mirada, admirada, hacia el muchacho−. Es impresionante, ¿cómo ha podido saber todo eso con tan pocos detalles?

El joven Holmes la miró extrañado, como si lo que acabara de hacer fuera lo más normal del mundo.

− Bueno, no lo sé. Sólo ato cabos −dijo con una sonrisa.

− ¿Cuál es su nombre, joven? −preguntó ella, divertida.

− Oh, disculpe mi descortesía... −se excusó el muchacho; le extendió la mano, y ella la estrechó− Holmes. Sherlock Holmes. Un placer, señora Cluteworth... ¿La D, es por Delora?

fin del episodio1


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Re: El Misterio de los Cluteworth

Mensaje por Lady Gibberne el Miér Jun 10, 2009 8:59 pm

(perdon por lo mal colocados que estan los parrafos... encima no se por que no me deja editar T__T juro que la preview estaba bien... MEnudo debut como escritora de fanfics ¬¬)
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Re: El Misterio de los Cluteworth

Mensaje por Ninotchka el Miér Jun 10, 2009 11:12 pm

Oh, Sherlock Holmes... pero el Holmes de El Secreto de la Pirámide!!! bravo Me encantaba esa peli, anda que no lloré la primera (y la segunda, y la tercera) vez que la vi... llorando pobre mío llorando llorando llorando

El primer capítulo me ha parecido muy acorde con el estilo de la peli. Yipiiiiiiii, la continuación que siempre quise leer!!!! : party: : party: Te adoro!!! :excited:
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Re: El Misterio de los Cluteworth

Mensaje por Lady Gibberne el Jue Jun 11, 2009 9:33 am

Ninotchka escribió:Oh, Sherlock Holmes... pero el Holmes de El Secreto de la Pirámide!!! bravo Me encantaba esa peli, anda que no lloré la primera (y la segunda, y la tercera) vez que la vi... llorando pobre mío llorando llorando llorando

El primer capítulo me ha parecido muy acorde con el estilo de la peli. Yipiiiiiiii, la continuación que siempre quise leer!!!! : party: : party: Te adoro!!! :excited:


¡¡YAY!! Una fan del joven Holmeeeeeeeeees
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Re: El Misterio de los Cluteworth

Mensaje por Ninotchka el Jue Jun 11, 2009 3:25 pm

Y verás cuando se lo diga a SisterNi... que le hizo una canción y todo, allá por sus tiempos mozos... Quémosión hace calor
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Re: El Misterio de los Cluteworth

Mensaje por Lady Gibberne el Jue Jun 11, 2009 4:04 pm

Ninotchka escribió:Y verás cuando se lo diga a SisterNi... que le hizo una canción y todo, allá por sus tiempos mozos... Quémosión hace calor

*Se desmaya*
Donde habeis estado todo este tiempooo XDDDDDDDD
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Re: El Misterio de los Cluteworth

Mensaje por Hara-sensei el Jue Jun 11, 2009 11:07 pm

Muy interesante ese fic, Lady Gibberne. Vi esa película hace tiempo, pero recuerdo muy poco de ella ( llorando ). En cualquier caso, tu relato está muy bien escrito y se hace muy emocionante en algunos momentos. La acción está muy bien desarrollada pleased to meet.

He editado tus posts para arreglar el formato del texto y, en la primera parte, para poner todo el relato bajo oculto.

¿Puede ser que utilices Firefox? Te lo pregunto porque yo sí uitlizo Firefox y me pasó lo mismo cuando subí mi fic. Si tú también lo utilizas, te recomiendo que previsualices antes de lanzar tus posts de fics. Baja hasta la parte donde puedes escribir y modificar el texto y verás como allí este sale desconfigurado. En ese mismo espacio lo puedes arreglar.

Recordad que debéis especificar la edad recomendada de lectura de vuestros fics al principio y especificar cualquier advertencia de las que se indican en las normas de este subforo. En el caso de tu fic no pasa nada, porque es apto para todos los públicos :cool: . Al menos, de momento. Pero no estaría de más que cogiérais la costumbre .
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Re: El Misterio de los Cluteworth

Mensaje por Lady Gibberne el Vie Jun 12, 2009 10:37 am

Hara-sensei escribió:

He editado tus posts para arreglar el formato del texto y, en la primera parte, para poner todo el relato bajo oculto.


Recordad que debéis especificar la edad recomendada de lectura de vuestros fics al principio y especificar cualquier advertencia de las que se indican en las normas de este subforo. En el caso de tu fic no pasa nada, porque es apto para todos los públicos :cool: . Al menos, de momento. Pero no estaría de más que cogiérais la costumbre .

Me leí las normas, pero despues se me fue la olla del todo... Lo siento.
Gracias por ajustarme el texto
¡Y gracias! ¡Me alegra mucho que os guste! vergonzoso
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Re: El Misterio de los Cluteworth

Mensaje por Lady Gibberne el Dom Jun 14, 2009 10:30 am

Spoiler:


II

Asalto en la posada



A SOLAS EN EL ENORME DORMITORIO, A PRINCIPIOS DE JULIO, EL joven John Watson terminaba de hacer su equipaje. Las clases habían terminado, y en toda la escuela tan solo quedaban los profesores y algunos alumnos, que ya en pocos días marcharían a sus casas a pasar las vacaciones de verano con sus familias.

Watson tenía dieciséis años. Sobre unos grandes y curiosos ojos azules, llevaba unas gafas redondas que le daban
un aire despistado. Pero muy lejos de las apariencias, pese a su expresión bonachona y tímida, era un joven inteligente y sensato. Hacía años que soñaba con ser médico, como su padre, y pese a su recelo inicial, sabía que estudiar
los últimos cursos en aquel prestigioso colegio le ayudaría en su camino hacia la facultad.

Había llegado a Brompton el pasado diciembre, semanas antes de la Navidad. Su antigua escuela, en Carlisle, había cerrado debido a la gran cantidad de deudas que tenía encima. La idea de estudiar en un nuevo colegio y empezar de cero, tan alejado de su antigua vida, le llenaba de congoja, pero a la vez de una inefable curiosidad. Provenía de una familia bien avenida, pero sencilla, acostumbrada a la vida rural. Así que no era de extrañar que llegara a sentirse
abrumado por la gran ciudad.

Apenas llegar a la escuela, conoció a Sherlock Holmes, un joven elegante, particularmente alto y delgado, excéntrico y sumamente sereno, tan extraordinario en sus dotes de trabajo y deducción que enseguida había despertado su interés. Su entusiasmo era contagioso, pese a la de veces que había estado a punto de terminar con su paciencia. Pronto, se metió de lleno en su mundo. Su fascinación crecía cada día más al verle enfrentarse a complicados acertijos y retos que resolvía sin ninguna dificultad.

Tras una serie de circunstancias, Holmes dejó la escuela a finales de diciembre. Las primeras semanas que Watson pasó después de su marcha fueron largas y tediosas, sin la emoción y la interesante compañía de su nuevo amigo. Muchas veces, pese a la gran cantidad de estudiantes, se sentía terriblemente solo entre aquellas enormes paredes y muros. Por las noches o en su tiempo libre se sentaba en su escritorio y plasmaba sobre papel esos grandiosos y a la vez trágicos acontecimientos, esa primera aventura, como un desahogo para su mente impulsiva. Siempre le había gustado mucho escribirlo todo; desde sus deseos y vivencias hasta las más increíbles aventuras que le aportaba su imaginación.


Ahora, recogiendo sus cosas, había encontrado todos esos apuntes, pulcramente ordenados en sus libretas. Como la culminación de todo descubrió, sobresaliendo de una de las libretas, la carta que Holmes le había mandado semanas atrás. En ella le contaba cómo le había ido el semestre en su nuevo colegio, ubicado ahora en Oxford. Tal y como le había ocurrido en Brompton, pronto había llenado de curiosidad y fascinación a sus compañeros y al profesorado, y ya los últimos días del curso, fue retado a investigar un pequeño robo, como los que solía resolver en Brompton. Y con el mismo éxito, comentaba en un par de líneas. Watson dejó escapar una risita. Su amigo no era una persona especialmente presumida o presuntuosa: simplemente veía su don como algo demasiado normal. Consideraba que todo tenía su lógica, y que cualquiera es capaz de verla si tan solo prestaba más atención de la acostumbrada.

Decidió que le escribiría apenas llegara a casa. Se alegraba mucho por él, satisfecho de que su vida hubiese vuelto a la normalidad. Guardó la carta en el mismo sitio, y cogió todos los apuntes con una sonrisa. Aún le quedaba mucho tiempo
antes de que saliera su tren.

Y leyéndolo todo, su mente se perdió de nuevo entre recuerdos.


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Re: El Misterio de los Cluteworth

Mensaje por Lady Gibberne el Dom Jun 14, 2009 10:44 am

Spoiler:
Muchas eran las cosas que había anotado sobre sus primeras semanas en Brompton, y mucha era la gente nueva con la que pudo relacionarse. Además de a Holmes, conoció al profesor Waxflatter. Era un anciano excéntrico y divertido, lleno de energía, versado en multitud de temas y enfrascado en la construcción de una extraña máquina con la que pretendía volar. También estaba Elizabeth, la sobrina del profesor, una bella y dulce joven que, tras la muerte de sus padres, se trasladó a vivir a la escuela con su tío, único pariente y tutor. Con el paso del tiempo, la amistad entre Holmes y Elizabeth se había convertido en un tierno romance. Watson a veces pensaba que haberse ganado el corazón de la joven era uno de los motivos por los que Dudley odiaba tanto a Holmes. Dudley era uno de los alumnos de la escuela, un joven terriblemente arrogante y presuntuoso que siempre andaba buscando una excusa para enfrentarse a su nuevo amigo.


Para Watson empezaba una nueva vida, y quizás, después de todo, este nuevo colegio no iba a estar tan mal. Sin embargo, nada iba a durar. Toda una serie de acontecimientos que culminarían con la marcha de Holmes de la escuela estaban a punto de sucederse. Pronto, el destino, o quizá una simple y nefasta casualidad, iba a ponerles a prueba. Sin quererlo, los tres amigos se vieron envueltos en una aventura donde arriesgarían todo y perderían más de lo que
estaban dispuestos a perder.

Unos extraños hechos habían perturbado a Holmes, cegado por su enorme curiosidad y su ansia por descubrirlo todo. Un exitoso contable y un benévolo reverendo habían muerto en extrañas circunstancias. Y desde hacía algunos meses, varias chicas jóvenes habían desaparecido sin dejar rastro. Para Scotland Yard no eran más que meras casualidades; dos suicidios que no guardaban relación ninguna con las jóvenes desaparecidas. Pero Holmes no estaba nada seguro.

Apenas unos días después, el halo de muerte les alcanzó a ellos. El profesor Waxflatter murió en extrañas circunstancias. El dolor que les produjo su desaparición fue terrible. Elizabeth había perdido a su tutor y único pariente,
y Holmes a su mejor amigo. Fue en ese duro momento cuando el intrépido joven supo que debía actuar. Pese a la injusta expulsión que sufrió por culpa de una jugarreta de Dudley, siguió viviendo en el colegio, oculto a los ojos de todos menos a los de Watson y Elizabeth. Así, pronto descubrieron que una peligrosa y casi milenaria secta egipcia había sido la responsable de las muertes, movidos por el ansia de venganza ante unos terribles conflictos acontecidos a mediados de siglo en Egipto.

Solo uno de los implicados logró sobrevivir, gracias a los dos jóvenes y a la oportuna intervención de Scotland Yard, quien decidió creer la historia de Holmes solo cuando ellos mismos se vieron afectados. Pero llegados a este punto, los
acontecimientos dieron un inesperado y trágico giro. Elizabeth estuvo a punto de ser sacrificada por la secta, y para cuando consiguieron salvarla, Rathe, ansioso de venganza, intentó acabar con Holmes y la chica recibió el disparo.
Holmes y Rathe se sumieron en una feroz lucha a muerte, en la que el profesor desapareció para siempre en las heladas aguas del río. Pero ya era demasiado tarde para Elizabeth. Exhausto y devastado, Holmes solo pudo ver cómo la joven
moría en sus brazos.


Esos últimos días en Brompton, a escasos días de las vacaciones de Navidad, fueron tristes, llenos de congoja; la pérdida de dos de sus seres más queridos (Watson incluso se atrevía a pensar que habían sido tres, pues Rathe, incluso siendo quien resultó ser, había sido una parte muy importante de la vida de su amigo) sumieron a Holmes en una depresión tan sombría, que a punto estuvo de acabar con su salud. Durante varios días, no fue más que una sombra de lo que realmente había sido. Se limitaba a estar más que a ser, como si fuera parte del mobiliario, solo diferenciándose de ellos por el simple hecho de respirar. Ni una sola vez apareció en el comedor a la hora de las comidas. Watson tampoco supo determinar cuánto tiempo llegó su maltrecho compañero a dormir, si es que llegó a hacerlo al menos unos pocos minutos. Aún recordaba con claridad la rabia y la impotencia que le dominaban al ver que tanto los estudiantes como los profesores se limitaban a mirar a su amigo con lástima y cierta aversión, sin mover un solo dedo por él. Se le
pasará, el tiempo lo cura todo, y en apenas unos días marchará a casa, era lo que decían. Sabía que su amigo era una persona fuerte, demasiado fuerte. Pero a veces, hasta la persona más determinante sucumbía a las dolorosas heridas del alma humana.


Finalmente, la mañana de Navidad, Holmes dejó el colegio. Watson le preguntó si volvería después de las vacaciones, pero la respuesta del joven fue negativa. En ese lugar había demasiados recuerdos. Volvía a estar tan perspicaz como siempre, aunque aún vestía de luto, y había algo, difícil de explicar, en sus maneras y en su mirada, que delataban que no era el mismo. Se solía decir que lo que no mata hace más fuerte, y eso es lo que Watson opinaba que le había ocurrido a su amigo. Todo lo que había ocurrido le había marcado muchísimo. Había madurado tan rápido y tan drásticamente, que no le había dado tiempo a verlo.

Watson sabía que, de algún modo, Holmes jamás volvería a ser el mismo. Su rostro aún era puro y juvenil, pero ya aparecía colmado de la solemnidad que da la edad adulta. Era el rostro de alguien que había tenido que sufrir mucho para comprender las cosas.

Alguien que había renegado para siempre de sus sentimientos.

Le vio marcharse, embutido en el enorme abrigo de Rathe (un trofeo, le había dicho, cuando le preguntó el por qué insistía en llevarlo puesto), con el sombrero de Waxflatter y la pipa que él mismo le había regalado. Aquella imagen
siempre quedaría grabada en su memoria. Supo que sería así como siempre le recordaría, hasta que llegase, quizá, el momento en que se volverían a ver…

Un golpeteo en la puerta le arrancó de sus recuerdos. La señora Brody, la nueva ama de llaves de la escuela, entró
en el dormitorio, ya vacío.

— Señor Watson —dijo—, el cochero se está impacientando.

Watson apartó los papeles a un lado, y miró su reloj de bolsillo. Su tren saldría en quince minutos.

— ¡Maldita sea! ¡Llego tarde!
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Re: El Misterio de los Cluteworth

Mensaje por Lady Gibberne el Lun Jun 22, 2009 1:19 pm

Más, y paro por aquí para que los interesados puedan leerlo todo ^^

Spoiler:
Diane Edolie Cluteworth (y no Delora, como el joven Holmes había supuesto) tenía veintiocho años. Nació en Sussex, en el seno de una familia acomodada, los Coburn, que habían venido hacía varios años desde América.

Ya desde pequeña, Diane había sido una niña despierta y vivaz, segura de símisma. En su bello rostro brillaban unos grandes e inteligentes ojos grises y unos rizos castaños, tintados de un leve color rojizo, caían como una cascada hasta su espalda. Creció muy querida entre los suyos, aprendiendo el arte de la equitación y los secretos de la dulce música del piano.

A los dieciocho años se prometió con Arthur Kingsley Cluteworth, amigo de la familia, un joven e inminente arqueólogo y gran estudioso de las civilizaciones antiguas. Pocos años después se casaron, durante una de las muchas expediciones del afamado arqueólogo en la India. A su regreso a Inglaterra, se trasladaron a vivir a Mayfair, en Londres, asentados como unos respetables miembros de la alta sociedad.

Cinco años después, la desgracia se cernió sobre el matrimonio.


Los señores Cluteworth viajaron al sur de la India con su expedición, en donde creían haber descubierto los yacimientos de un antiguo poblado. Un extraño suceso relacionado con los aldeanos y algunos desacuerdos entre sus miembros, hicieron que la expedición y la excavación se suspendiesen repentinamente. Al poco tiempo de regresar a Inglaterra, el señor Cluteworth desapareció sin dejar rastro. La policía había abandonado la investigación y archivado el caso, seguros de que había sufrido algún tipo de accidente o había sido asesinado, y nunca llegaron a encontrar el cadáver. Para la sociedad, legalmente, la señora Cluteworth ahora era una viuda. Pero ella, en el fondo de su corazón, sabía que su marido estaba vivo.


Al poco tiempo, descubrió una nota entre los antiguos enseres de la expedición:






Era de su marido. No comentó nada a la policía porque de repente, tuvo un extraño presentimiento. Tuvo la sensación de que su marido sabía de antemano que no iba a volver, y que ahora le dejaba aquel valioso reloj como parte de él. Y de todos modos, estaba segura de que Scotland Yard, una vez cerrada la investigación, no le iba a hacer ningún caso.


Cuida del reloj…


Era un precioso reloj de oro, al que su marido tenía mucho aprecio. Era lo único que le quedaba de él, y perderlo suponía perderlo todo. Por eso siempre lo llevaba con ella, en su bolso de mano. El único sitio donde se atrevía a dejarlo era en casa, y puesto que ahora estaba de viaje, lejos de su hogar, no dudaba en llevarlo consigo a todas partes.


Ya vestida y sentada sobre la cama, mantenía el reloj entre sus finas manos, mirándolo con tristeza.


— Arthur... Sé que estás vivo en alguna parte, no muy lejos… Se que estás conmigo…


Tocaron a la puerta. Diane se apresuró en guardar el reloj, y dio paso. El señor Brooks, el cochero, entró en la habitación.


— ¿Todo listo, señora?


— Sí… —dijo ella, cogiendo su bolso— Ya podemos irnos.


La señora Cluteworth había venido a Bloomsbury para arreglar unos asuntos con su asesor de bienes. Después de la supuesta muerte de su marido (ya considerada oficial en cuanto a trámites legales) se había visto obligada a asegurar sus pertenencias, siendo ella la única beneficiaria, pues la pareja no tenía hijos. Pero el coche había sufrido una pequeña avería saliendo de Mayfair, por lo que para cuando alcanzaron el barrio, ya se había hecho de noche y tuvieron que posponer la visita para el día siguiente.

Justo frente a la suya, se encontraba la habitación del joven Holmes. La puerta todavía se encontraba cerrada.

Admirada de las dotes del muchacho, la noche anterior habían entablado una amistosa conversación. Ya era casi medianoche cuando todos se retiraron a dormir. Esa noche, ellos tres eran los únicos huéspedes de la posada. Era antigua y muy pequeña (tan solo contaba con cuatro habitaciones), pero confortable. La posadera, la señora Lanstron, era una mujer bonachona, muy amable y dicharachera, con un marcado acento escocés.


El joven Holmes había llamado mucho la atención de Diane. Le parecía un joven tremendamente inteligente y noble. Pero tras ese porte elegante y distinguido, lleno de ímpetu, parecía ocultar algo que no atinaba a averiguar. Algo que le había perturbado notablemente e impulsado a una loca carrera por las oscuras calles, estando su coche a punto de atropellarle. Las consecuencias podrían haber sido fatales si Brooks no hubiese frenado a tiempo. Por suerte, del accidente le quedó solo una leve pero aparatosa herida que no tardaría en curarse.

Todo esto hizo que la joven señora, preocupada, se detuviera antes de bajar la escalera.

— ¿Cómo estará el señor Holmes? —preguntó a su cochero— ¿Cree que habrá pasado buena noche? Me preocupa su herida, quizá le esté dando problemas. Aún tenemos tiempo, le preguntaré… Aunque puede que siga durmiendo…


Dio dos golpes suaves en su puerta, pero nadie contestó. Con mucho cuidado, abrió y miró dentro. La cama estaba vacía. Inexplicablemente, el joven se había debido de dormir sentado en el sillón. Respiraba con suavidad, profundamente dormido. En ese momento parecía todo lo contrario a lo que aparentaba la noche anterior, donde pese a su elocuencia, mostraba una mirada sombría y una sonrisa inquieta.

Finalmente, cerró la puerta con mucho cuidado.

—El señorito sigue dormido —le dijo al señor Brooks con una sonrisa.


La posadera salía de la cocina, limpiándose las manos en el delantal, cuando les vio bajar.


— ¿Se marchan ya?


— Volveremos en un par de horas. Tengo asuntos que arreglar en el barrio antes de irme —explicó Diane—. Muchísimas gracias por su hospitalidad.


— No hay de qué, señora —dijo la posadera con una amable sonrisa—. Aquí es bienvenida cuando desee.

Los dos salieron, cerrando la puerta tras de sí.
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Re: El Misterio de los Cluteworth

Mensaje por Ninotchka el Lun Jun 22, 2009 3:11 pm

Oooh, con dibujitos y todo... slurp Me va a encantar este fic, lo presiento eureka

Me gusta mucho el estilo Gi, en serio... Me parece muy apropiado a la historia que estás intentando desarrollar, está muy bien cogida esa mezcla Conan Doyle-Los Siete Secretos (no me miréis así, es el joven Sherlock Holmes, ¿no...? Very Happy ). Me gusta muuucho muuucho :cool:
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Re: El Misterio de los Cluteworth

Mensaje por Lady Gibberne el Lun Jun 22, 2009 3:41 pm

¡¡Gracias!! vergonzoso vergonzoso vergonzoso vergonzoso vergonzoso
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Re: El Misterio de los Cluteworth

Mensaje por Lady Gibberne el Lun Jun 29, 2009 2:13 pm

Spoiler:
Holmes despertó con una dolorosa sacudida, como si hubiera estado a punto de caer a un oscuro pozo. ¿Había tenido otra pesadilla? No estaba seguro. Vio que estaba en el sillón, con la cabeza embotada y el cuello dolorido. Debió de quedarse dormido al llegar a la habitación, antes siquiera de intentar acercarse a la cama.

Le dolía todo el cuerpo. Ahora, todo lo que había pasado la noche anterior parecía lejano y borroso, como si lo hubiera soñado. Muchas imágenes se mezclaban en su mente todavía aletargada: la sombra misteriosa, la frenética persecución bajo la lluvia, el carruaje que se le había echado encima y el fuerte impacto contra la calzada... De pronto recordó algo, y apartando la mullida manta de lana, se miró la rodilla. La herida estaba allí, y el vendaje aparecía teñido de un rojo oscuro. Como llamado al percatarse de que la herida existía, apareció un dolor sordo y punzante.
Al menos, eso sí había ocurrido de verdad.

Se levantó del sofá y se desperezó, consiguiendo aliviar un poco sus músculos entumecidos. Luego se aseó y se empezó a vestir, dispuesto a bajar a desayunar. Oyó que alguien tocaba la puerta abajo, en la entrada. Le llegó el sonido apagado de unas voces. Reconoció la de la posadera, pero desde esa distancia le parecía oír otras dos o más, aparte de la de ella. Por un instante, pensó en la señora Cluteworth y su cochero, pero esas voces parecían más graves y no le eran nada familiares. De repente subieron de intensidad, como si se enzarzaran en una discusión, aunque no podía escuchar lo que decían.


Todavía abrochándose los botones del chaleco, se acercó con cautela al pasillo y miró abajo, a través del hueco de la escalera. Efectivamente, las voces pertenecían a dos desconocidos. No pudo verles la cara porque de repente se abalanzaron sobre la posadera, que gritaba aterrorizada; la llevaron fuera del alcance de su vista, y parecieron encerrarla en algún sitio que luego cerraron de un portazo. Podía oírla gritándoles, golpeando con ansia la puerta. Luego comenzaron lo que parecía una
búsqueda a fondo por todo el salón, sin consideración alguna por los muebles y objetos con que iban topándose. Holmes retrocedió rápidamente hasta la esquina del corredor, de forma que no pudieran verle. Vio una pequeña alacena, en el tramo de escalera que subía al último piso, y se metió dentro.


Justo a tiempo. Oyó el resonar de sus pasos por la escalera antes de llegar al segundo piso, y cómo abrieron la puerta de la primera habitación del pasillo de una patada. Si había calculado bien, era la de la señora Cluteworth. Se acercó lo máximo que pudo a la rendija, intentando ver u oír algo. La alacena era demasiado estrecha para sus largas piernas; estaba en una postura incómoda y la rodilla herida empezaba a molestarle.

— Sí, ésta parece ser la habitación de una mujer. Debe ser ésta —oyó que decía uno.

Hasta sus oídos llegaba un horrible estruendo de cristales que se rompían y muebles que arrastraban o volcaban.


— ¿Has encontrado algo?


— Nada. Miremos en esa otra.


Otra puerta que se abría con estruendo. Se percató de que habían entrado en su dormitorio.


— ¡Eh! ¡Ahí hay algo!


Un breve silencio.


— No, solo es una estúpida carta.


Oyó que el otro hombre resoplaba; parecía fastidiado.


— Vámonos, aquí tampoco hay nada.


Holmes oyó un fuerte portazo y un sonido de cristales rotos. Los dos tipos habían salido de su habitación, y a través de las rejas de madera de la puerta de la alacena, pudo ver unas piernas anchas y unas manos enormes y robustas. Se deslizó más adentro temiendo que le vieran, con tan mala suerte que tiró un listón de madera polvoriento que había pegado a la pared del fondo.


―¿Qué ha sido eso?


Holmes se pegó a la pared y se quedó muy quieto, conteniendo la respiración. Tenía que ser cauteloso. Si le descubrían, no tendría ninguna posibilidad de averiguar quiénes eran ni qué habían venido a hacer allí. Alargó el brazo hacia el listón de madera que tenía a sus espaldas y lo agarró, dispuesto a pelear si acababan viéndole.


― No es nada. Vámonos, deprisa, antes de que vuelvan.


Holmes respiró aliviado. Pasaron de largo la última habitación y volvieron a bajar; un portazo le hizo saber que se habían marchado. Cuando todo estuvo en silencio y tan solo se oían los amortiguados gritos e injurias de la posadera, abrió la puerta y salió, sacudiéndose el polvo de la ropa y tirando el listón de madera al suelo. Todo estaba destrozado. Los maceteros estaban rotos, con la tierra desparramada y las maltrechas plantas dejando ver sus raíces. El cuadro que había en la pared, al lado de su habitación, se había caído al cerrar la puerta, y el cristal se había hecho añicos. Eso explicaba el estruendo de cristales rotos que había oído.


Bajó las escaleras apresuradamente. El antes confortable y agradable salón parecía ahora un campo de batalla. Buscó de dónde provenía el desesperado traqueteo de la posadera, y descubrió que estaba encerrada en el armario de la limpieza.


— ¿Señora Lanstron?


— ¡Señorito Holmes! ¡Gracias a Dios, pensaba que le habían hecho algo a usted…! ¡Sáqueme de aquí, por favor!


Holmes abrió el armario. La mujer salió tambaleándose y se abrazó a él.


— ¡Qué canallas, señorito Holmes! ¡Malditos, sucios canallas…! —profería.


— Tranquilícese, señora Lanstron… ¿qué ha pasado?


— De repente entraron dos tipos… Me preguntaron quién se estaba alojando aquí. No quise contestarles, y entonces uno de ellos me agarró y me encerró en el armario… Después creo que registraron toda la posada, lo han tirado todo… Oh, Dios mío, espero que no hayan robado nada…

Entonces vio cómo había quedado todo, y empezó a gimotear.

― ¡Ésta es mi ruina!


Holmes la ayudó a sentarse en el sofá e intentó calmarla, sentándose a su lado. Estaba terriblemente pálida y asustada. El joven le cogió la mano con suavidad.


— Tranquila, ¿de acuerdo? Iré arriba a ver qué ha pasado.


La mujer asintió, todavía nerviosa. Él también empezaba a sentirse inquieto. Se preguntó a dónde había ido la señora Cluteworth, y por qué habían registrado hasta el último rincón de su habitación con tanto interés. Mientras subía las escaleras, oyó murmurar a la posadera:

— Parece que no se han llevado nada… No lo entiendo… Ni siquiera se han llevado el dinero…

Holmes abrió la puerta de su habitación y sintió que se le revolvía el estómago al ver semejante desastre. Todos los cajones de la cómoda estaban abiertos, y su poco contenido había sido rebuscado y desordenado. Su maleta más grande, la que contenía las probetas y demás material de laboratorio, estaba abierta, pero no habían tirado ni sacado nada. Se sintió enormemente aliviado al haberlo recogido todo el día anterior por haberse quedado sin ideas y fórmulas químicas. La carta de Watson, abierta, estaba tirada en el suelo. La volvió a poner sobre la mesilla. Se sentía indignado, pero ya empezaba a hervir de curiosidad.



En el recibidor, la campana de la puerta sonó, y la señora Lanstron se apresuró en abrir. La señora Cluteworth y su cochero habían vuelto. Al verles, se sobresaltó y palideció de repente, como si temiera la reacción de sus huéspedes.

— ¡Señora Cluteworth!...


Hecha un manojo de nervios, les hizo pasar. Al verlo todo, Diane se llevó las manos a la boca; parecía incapaz de decir nada.
Desconcertado, Brooks se quitó el sombrero.


— ¿Pero qué es todo esto?...


— Han asaltado la posada, señora… —explicó la señora Lanstron dirigiéndose a Diane; de nuevo parecía profundamente alterada— Fueron dos hombres. Uno de ellos me encerró en el armario… No sé qué es lo que buscaban, parece que no se han llevado nada…


Diane la cogió de las manos, intentando mantener la compostura. Brooks se había puesto tan lívido que parecía a punto de desmayarse.

— No se preocupe, lo importante es que no haya pasado nada… ¿Y el joven Holmes? —preguntó, inquieta—¿Dónde está él?

— Está arriba, comprobando los daños… Creo que también han registrado las habitaciones…


La joven señora se apresuró a subir. Cuando llegó, encontró a Holmes en la puerta de su habitación, y por su expresión se diría estaba más disgustado que antes. Ella ahogó un grito cuando su vista se posó en el desastre que ahora era su habitación.


― Dios mío, ¿qué ha pasado aquí?... —su voz se quebró en medio de la pregunta. Holmes no pudo evitar fijarse en que agarraba
inconscientemente su bolso de mano, y que luego, como si hubiera encontrado algo dentro de él, cerraba los ojos y respiraba aliviada.

Todos los muebles estaban volcados y el colchón estaba fuera de su sitio. Habían abierto y roto la almohada de plumas, que ahora aparecían esparcidas por toda la estancia. No le había dado tiempo a deshacer las maletas la noche anterior, pero los extraños asaltantes ya se habían encargado de ello. Enseres y ropas se desparramaban por el suelo. Llena de bochorno y pudor, la mujer se apresuró a recogerlo todo.

—Han asaltado la posada, señora Cluteworth —dijo Holmes, rompiendo el tenso silencio—. La posadera dice que fueron dos individuos corpulentos.

— Sí, eso me ha dicho... ¿Quién ha podido hacer algo así?...

Brooks les alcanzó. Pese a la ya de por sí delicada situación, parecía más nervioso de lo habitual.


— ¿Está todo bien, señora? ¿Se han llevado algo aquí arriba?


― No, Brooks… No lo entiendo, aquí arriba tampoco se han llevado nada… —respondió Diane.


― Su bolso, señora Cluteworth… —dijo Holmes, acercándose a ella— Buscaban su bolso, ¿verdad? O al menos, algo que lleva dentro. ¿Me equivoco?


Ella no respondió, sino que se aferró con más fuerza a su preciado bolso.


— Sea lo que sea, tiene mucho miedo de que se lo roben, y por eso lo lleva siempre consigo.


— No tiene ningún sentido, señor Holmes. ¿Por qué iban a querer el viejo reloj de mi marido?


— ¿Su reloj?


Haciendo un enorme esfuerzo para contener las lágrimas, la mujer abrió el bolso y sacó el reloj. Lo sostuvo en su palma abierta; un bonito y antiguo reloj de oro.


— Es lo único que me queda de él, señor Holmes… —dijo, recuperando la firmeza— Este reloj es algo que él realmente apreciaba. Es como si siguiera conmigo... Por eso nunca me separo de él —contuvo una risita nerviosa—. Supongo que le parecerá una tontería…

— En absoluto —dijo el joven con voz suave.

Metió la mano en el bolsillo de su chaleco, como aferrándose a algo. Por un levísimo instante, su rostro adquirió un atisbo de tristeza, pero enseguida recuperó la compostura y sonrió amablemente.


— Entonces seguro que solo eran ladrones que buscaban cualquier cosa de valor. Creo que no ha traído sus joyas, ¿verdad? Bueno… la ayudaré a recoger todo esto... Ah… —miró su reloj de bolsillo—. Luego he de volver abajo, si me disculpa. Un viejo amigo mío debe estar a punto de llegar.


Última edición por Darth Syrio el Lun Jun 29, 2009 2:37 pm, editado 1 vez (Razón : Ocultar el texto)
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Re: El Misterio de los Cluteworth

Mensaje por Lady Gibberne el Lun Jun 29, 2009 2:14 pm

(desastre, olvide ponerlo dentro de spoiler. Por favor... vergonzoso vergonzoso vergonzoso vergonzoso vergonzoso )
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Ocultado el texto del fanfic

Mensaje por Darth Syrio el Lun Jun 29, 2009 2:38 pm

Ya está arreglado, Lady Gibberne. :cool:

Un saludo

PD: A ver si me pongo al día con los relatos, que si no luego me va a resultar imposible.




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Re: El Misterio de los Cluteworth

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